El escenario sigue ahí

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De ser a parecer en la era digital 

Hay transformaciones que tardan décadas en cocinarse y pasan desapercibidas. Otras, en cambio, estallan en menos de diez años y lo cambian todo, aunque solo nos demos cuenta cuando ya es demasiado tarde para preguntarnos si realmente queríamos pagar el precio de ese cambio.

En nuestro caso, bastó una década para borrar de un plumazo la línea que separaba lo público de lo privado. No fue, me parece, para conectarnos mejor —esa era solo la promesa de venta—, sino para algo bastante más extraño: convertirnos en directores, actores y público de nuestra propia vida, todo al mismo tiempo. Las que iban a ser “herramientas de conexión social” terminaron funcionando más como estudios de producción portátiles. Al final, la promesa de comunidad se desvaneció, reemplazada por la exigencia implacable de audiencia.

No quiero que esto se convierta en otra queja sobre el narcisismo millennial o “los jóvenes de hoy”. Esa crítica ya me cansa y, la verdad, simplifica demasiado las cosas. Lo que a mí me interesa es otra cosa: ¿cómo fue que pasamos de ser a dedicarnos casi por completo a parecer? Y quizás más importante, ¿qué consecuencias tiene este cambio sobre nuestra manera de experimentar la vida, especialmente para el perfil demográfico que creció con memoria de un yo pre-digital y vive bajo la lógica de la monetización de la atención?

La esfera privada, desde luego, no llegó a desaparecer. Lo que hizo fue transformarse en el set de grabación principal, iluminado las 24 horas del día por la luz de nuestras pantallas. Podemos encontrar pistas útiles en pensadores como John Berger (sobre cómo miramos), Cioran (sobre ese agotamiento existencial) o Yuval Harari (sobre la obsesión por cuantificarlo todo). Pero al final, lo que importa no son las citas célebres, sino entender el mecanismo oculto: la forma en que estas plataformas no se limitan a reflejar nuestras tendencias, sino que las amplifican y distorsionan hasta convertirlas en algo distinto. Aunque, claro, esto no aplica igual para todos. Yo hablo principalmente desde —y sobre— una experiencia urbana, de clase media, con internet estable y cierto capital cultural que lo permite. La cosa cambia radicalmente para quien usa las redes solo para vender productos y sobrevivir, o en comunidades donde lo colectivo pesa más que lo individual. Pero dentro de ese perfil específico —que no es pequeño— diría que está pasando algo inquietante.

Veamos la trampa. Erving Goffman ya describía en 1959 que la vida social era, en esencia, un teatro donde actuamos roles. El problema no es que actuemos, sino la nueva arquitectura tecnológica que lo exige, registra y premia. Lo que hicieron las redes fue tomar esa dinámica de la presentación del yo y someterla a la lógica de la métrica y la amplificación algorítmica.

Ya no actuamos solo para una audiencia externa; hemos fusionado al observador y al observado dentro de nuestra propia cabeza. Nos vigilamos a nosotros mismos. Es como esa prisión circular que diseñó Bentham, el panóptico, pero aquí el guardia eres tú. Y lo más sorprendente es que lo haces voluntariamente. Ahora actuamos para el algoritmo, que es nuestro publicista interno y nuestro juez invisible. Este juez no premia la experiencia, sino el contenido consistente. Incluso antes de que algo suceda, la mente de nuestro perfil demográfico ya está trabajando: ¿cómo se verá esto? ¿Qué filtro le vendría bien? ¿Qué puedo poner de pie de foto que suene casual pero inteligente? Un atardecer dejó de ser un fenómeno atmosférico para convertirse, ante todo, en “contenido potencial”. Una cena con amigos se transforma sin querer en una sesión de fotos disfrazada. Vivir queda en un segundo plano; lo primero es registrar.

Se me ocurre llamarlo “curaduría preventiva” —suena un poco pretencioso, lo admito—, pero creo que describe bastante bien el proceso: editamos la experiencia incluso antes de tenerla.

Pascal Bruckner ya hablaba en su día de la “tiranía de la felicidad”: en el mundo moderno, estar mal no es solo mala suerte, es casi un fracaso personal. Y las redes sociales son el megáfono perfecto para amplificar este mensaje. La performance del bienestar es casi obligatoria para quienes buscan validación o audiencia. El viaje exótico, el proyecto exitoso, la selfie radiante después de yoga. Hay como una coreografía global de la felicidad que se siente inexorable. Lo que se queda fuera —la tristeza, el aburrimiento, las contradicciones— se edita como si fuera un error de producción. Mostrar una vulnerabilidad real —no esa versión curada y estéticamente aceptable que también se vende como contenido— se ha vuelto arriesgado.

Aunque, para ser justos, esto no afecta a todos por igual. La presión existe, pero es menor para quienes usan la red solo para seguir a sus amigos de toda la vida. Y sí, hay gente —es un hecho— que simplemente no siente esta presión o que ha aprendido a ignorarla. Si la vida es teatro, los datos son el aplauso medible. Una experiencia sin likes, sin comentarios, sin vistas… ¿llegó siquiera a suceder? Muchos de nosotros nos optimizamos para el algoritmo casi sin darnos cuenta. Modificamos comportamientos instintivamente para maximizar métricas que, con el tiempo, confundimos con valor real.

Daniel Kahneman distinguía entre el “yo que experimenta” (el que vive el momento) y el “yo que recuerda” (el que construye la historia después). Las redes metieron un tercer yo en la ecuación: el yo que proyecta —algo así como tu publicista interior, el director de marketing de tu marca personal.

Y da un poco de miedo ver cómo ese tercer yo está tomando el control. Pienso en el padre que graba toda la obra escolar de su hijo con el celular en alto, en vez de mirarlo directamente con sus propios ojos. Sacrifica la experiencia en tiempo real por un video mediocre que quizá nunca vuelva a ver. ¿Por qué lo hace? Porque grabar valida que el momento existió. Para su memoria futura y, sobre todo, para su perfil. Esto nos conecta con la falacia narrativa —la tendencia a construir historias limpias y lineales para explicar el caos de la vida. En las redes, aplicamos ese mismo instinto a nuestra identidad. Creamos una “marca personal” que borra de un plumazo lo aleatorio, las contradicciones, los fracasos. Un personaje de ficción, pulcro y consistente. La vida se convierte en una sucesión de comunicados de prensa.

La diferencia ahora no es la existencia del fenómeno de la actuación social, sino su escala, su velocidad y, sobre todo, el hecho de que dejó un registro permanente y cuantificable que puede juzgarte en cualquier momento, presente o futuro.

“Persona” viene del latín —significaba máscara teatral. Nuestra persona digital es exactamente eso. Y es terriblemente frágil.

Está diseñada para recibir golpes positivos —viralidad, reconocimiento—, pero se desmorona con facilidad ante los negativos: la crítica masiva, la irrelevancia, la cancelación. La máscara protege al yo real solo hasta cierto punto. Cuando se rompe, quien termina sufriendo es el cuerpo que la sostiene. Vivimos con miedo al “cisne negro” —a ese evento improbable que destruye de repente la narrativa que tanto nos costó construir. Un tweet viejo, una foto desafortunada, una opinión que envejeció mal. Esto exige un mantenimiento perpetuo: una vigilancia constante de tu imagen pasada y presente. Es un trabajo invisible y, francamente, agotador.

Cioran escribió sobre el “inconveniente de haber nacido”. La performance digital le añade algo quizá peor: el inconveniente de renacer cada mañana como tu personaje público. La fatiga de sostener la máscara, de actuar autenticidad, de producir espontaneidad a demanda. Al final, fingir ser uno mismo es quizás lo más cansado que hay.

No todo es tan simple. Sería muy fácil terminar el análisis aquí. Redes malas, autenticidad perdida, todos somos zombis performativos. Pero la realidad, como casi siempre, es más complicada. Las redes también han permitido cosas valiosas. Voces históricamente silenciadas encontraron una audiencia global. Movimientos sociales se organizan desde ahí. Existen comunidades de apoyo genuinas para personas con identidades marginadas o intereses ultraespecíficos. Gente que se sentía aislada geográficamente encontró por fin a sus pares.

¿Eso invalida toda la crítica anterior? En absoluto. Pero la complica. Porque incluso en estos casos positivos surge la pregunta incómoda: ¿cuánto del activismo es genuino y cuánto es performance activista? ¿La comunidad de apoyo funciona porque nos importamos de verdad o porque da buenos likes mostrar empatía? No tengo respuestas claras para esto. Pero ignorar estas contradicciones sería intelectualmente deshonesto.

Además, a veces me pregunto: ¿es el problema realmente las redes o el sistema económico que las produce? El neoliberalismo ya nos exigía convertirnos en marcas personales mucho antes de Instagram. “Networking”, “elevator pitch”, “personal branding”—todo eso ya existía. Las redes lo que hicieron fue hacer más eficiente y visible algo que el capitalismo tardío ya demandaba: que te vendas constantemente, que seas tu propio producto.

También debemos recordar que la performance varía radicalmente entre plataformas. LinkedIn gamifica el profesionalismo. Instagram premia lo estético y lo aspiracional. TikTok favorece el entretenimiento constante. Cada una cultiva un tipo distinto de performance. Tratarlas como una masa homogénea de “redes sociales” nos haría perder matices cruciales.

Parece que pasamos del cogito ergo sum (“pienso, luego existo”) a algo nuevo: videntur ergo sum —“me ven, luego existo”—, o más precisamente, “la métrica me aprueba, luego existo”. El exhibicionismo digital no es solo vanidad individual. Es consecuencia de una arquitectura tecnológica y económica que premia la apariencia sobre la sustancia, la narrativa sobre el evento, la cantidad sobre la calidad. Pero también es hija de tendencias culturales y económicas más profundas que las plataformas no hicieron más que acelerar.

La tragedia, me atrevo a decir, no es que actuemos. La humanidad siempre lo ha hecho. La tragedia estaría en la posibilidad —solo posibilidad, no certeza— de que ya no quede un yo detrás del escenario. Que al optimizar nuestras vidas para la mirada ajena, al cuantificarlas para los algoritmos, al volverlas legibles para las narrativas, hayamos reemplazado sin querer la experiencia por la curaduría. Es como si el menú se hubiera comido la comida. Pero tampoco quiero caer en un pesimismo total. Sí hay resistencias. Sí hay personas que encuentran formas de usar estas herramientas sin ser devoradas por ellas. Sí hay comunidades genuinas que florecen en estos espacios. El problema no es binario; es viscoso, complicado y ambiguo.

El mayor peligro sigue siendo olvidar que estamos actuando. Confundir el personaje con la persona. O peor, descubrir un día, al intentar quitarnos la máscara, que se pegó tanto tiempo que ya no sabemos qué hay debajo.