Hortera despacha al cornudo de turno con cinco mil pesos en el bolsillo y un trabajo sucio para la madrugada. Tres semanas después, alguien le manda un vinilo de Blue Train envuelto en papel manila. La nota dice «con gratitud». Sabe leerla: su cabeza ya tiene precio.
«El mensajero» es un capítulo de El Curandero. Aquí el saxofón de Coltrane se cruza con el rezo de Palo Mayombe y la deuda con Mazahuas se cobra en costillas rotas. Guanajuato vive de santos alquilados y culpas empeñadas. Hortera nomás paga intereses.
La sombra que cruzó el umbral se presentó como Orlando Chávez. Disipó el humo y, entre los focos recién encendidos, preguntó por el investigador.
—¿No parezco? —solté—. ¿Quiere gabardina, sombrero y pipa?
Miré mi reflejo: jeans, Adidas, sudadera Puma. Una cicatriz en el frente marcaba mi cara, el cuello robusto, un mechón de canas que invadía la coronilla bajo la gorra calada hasta las cejas. El destello de un arete de plata firmaba mi facha de don nadie.
—No soy investigador privado; para eso está ChatGPT.
Orlando arqueó las cejas. El saxofón chillaba entre la niebla que subía del callejón de Mulas.
—¿De quién es esa música? —Se le suavizó la voz de repente.
—De un santo, San John Trane —contesté, sorprendido por su genuino interés.
La batería de Philly Joe Jones marcaba el ritmo de fondo.
—Guau —dijo— y, por un momento, dejó de buscar la salida de emergencia.
Solo entonces sacudió una foto y la soltó sobre mi escritorio. Su mujer lo había engañado con un calvo seboso en un motel cerca de la Yerbabuena; me contó entre hipos a Johnny Walker.
—La agarré en cuatro patas como perra en celo —masculló.
Con los dedos temblorosos, extendió la foto en la que se veía el lunar en las nalgas que tanto le gustaba pellizcar.
—¿Y qué quiere que le diga, compadre? ¿Su vieja era monja antes de conocerlo?
Seguía balbuceando sobre el amor eterno, como si el mundo no fuera un puterío. El infeliz sacó cinco mil pesos, implorando que actuara como vengador de su desgracia. Un trabajo de mierda.
—Aquí no vendemos certezas, señor Chávez.
El hedor a caño puerco llegaba primero, sin retorno posible. La sangre seca bajo las uñas, los billetes manchados de rímel. Me llamaban «el curandero» como si fuera un santito de barrio, pero en este laberinto de baldosas centenarias era el cirujano que amputaba gangrenas sociales. Cuando algún pinche senador se corría en las nalgas de una escort menor, o el dueño de una fábrica quería desaparecer cadáveres, ahí saltaban mis clientes y mis habilidades.
La Beretta descansaba contra mi costilla. Orlando observó mis nudillos; la piel cuarteada era su propio prontuario. El mariachi al que persuadí, dejándolo con tres dientes menos.
A veces, entre el humo de cigarrillos, acariciaba mi navaja mientras revisaba la lista de contactos. ¿Cuántas vidas había sepultado bajo mentiras bien cosidas? El dinero olía a cloroformo y redención. En estas calles donde la honestidad era enfermedad terminal, mi oficio había sido el único sacramento: borrón, cuenta nueva, siguiente capítulo de la misma mierda con distinto tufo.
Yo no traicionaba. Solo facilitaba que la verdad se suicidara con estilo.
El hombre quería confirmar lo visto. Le llamaba Serendipia del dolor. Los cornudos intentaban explicarse la historia, aunque en el fondo sabían que todo olía a pescado podrido. Eran como ideólogos posmodernos; creían más en el relato que en el dato.
Su mujer en cuatro y el calvo detrás. La evidencia en el lunar.
Cinco mil pesos a cambio de partirle la cara al calvo.
Tomé los cinco mil pesos y los embolsué. Orlando me miró entre las telarañas de sus ojos hinchados.
—Por favor.
—Mañana está la chamba.
Lo demás fue ruido. Los nudillos me empaparon tres pañuelos después de charlar con el calvo. Cinco puñetazos secos. Cinco redobles de cartílago. Cinco charcos escarlatas dibujando espirales en el suelo. El cabrón escupió un molar arrastrándose hacia la salida de la dama de las Camelias. Eran las cinco de la mañana.
* * *
Tres semanas más tarde, el lápiz suspendido sobre la cuadrícula del periódico.
Tenía el lápiz suspendido sobre la cuadrícula del periódico. Siete horizontal: «Afluente del olvido en la mitología griega». Cinco letras. Leteo. Fácil. La punta rozó el papel poroso. Afuera, el saxofón de Coltrane se desangraba por los altavoces del estéreo Sony 300 del 95 con una hemorragia de notas azules que manchaba el atardecer en San Fernando.
El quicio de la puerta carraspeó.
Se quedó ahí, sin atreverse a entrar, y soltó una voz gelatinosa que no pertenecía al jazz ni a nada. Le calculé treinta años mal vividos. La jeta, un pellejo bilioso, acribillado de viruela, con dos ojillos hundidos en la manteca de los pómulos, se movía con la torpeza de un baldado. La silla rechinó hasta topar con la cajonera. Por puro instinto, di con la cacha.
—¿Te lo vas a quedar o qué, cabrón? Ponlo ahí.
Tragó saliva, avanzó dos pasos y, al inclinarse, la mochila se le resbaló del hombro. Sacó un paquete envuelto en papel manila.
—¿Ramón Hortera? Firme aquí.
No me moví. Lo medí de la cabeza a los pies, deteniéndome en las ondas de sudor que le oscurecían los sobacos. No era el típico matón que frecuentaba el calejón de Sepultura —por sus Converse con motas verdes, pintaba de otro barrio.
No contesté. Dejé que el solo de trompeta de Lee Morgan llenara el hueco. Que sudara un poco más. Mi nombre en su boca sonaba a latigazo. Me reclinué en la silla y solté la cacha. El gesto hizo que el muchacho diera un respingo.
—¿Quién lo envía?
—No dice, señor. Solo tiene su nombre y su dirección.
Giró con un resoplido tartamudo y se esfumó. Los chanclazos en la carrera descendente por las escaleras fueron el último instrumento de percusión de la pieza de Coltrane.
Arranqué el empaque de papel manila: Blue Train, y con el disco llegó un tufo a pachulí. Una leve comba en el centro azulado de la portada, nada que una buena aguja Technics no pudiera brincar. Extraje el vinilo. El abismo circular de negrura hipnótica me devolvió versiones torcidas de mi rostro. La carátula gastada, con unas iniciales arañadas en la esquina. Palpé cada surco como si fuera una cicatriz familiar. ¿Qué zorra me enviaba un caviar musical?
La nota cayó al escritorio. Caligrafía ostentosa en papel grueso: «Pago completo. Con gratitud. Orlando».
La gratitud, ese veneno que no te quitas de encima. Aunque ese obsequio llegaba para atajar un gol cantado. Cuando Orlando contrató mis servicios, yo ignoraba que mi cabeza tenía un precio. Tres semanas antes, yo era solo eso: Hortera, «el curandero». Un prestigio que no se ganaba con diplomas, sino con madrazos. Me partía el lomo en la chamba, anestesiaba el alma con un vaso de güisqui por las noches y me envenenaba con dos cigarros al mediodía. Una rutina predecible. Marcaba en un calendario grasiento la visita a la familia, a los muertos que nunca me soltaban, y una llamada discreta, casi cobarde, a Marlene. Un autómata del buen vivir. Hasta tenía mi séquito: una procesión de cabrones que se decían fieles, siempre listos para arrastrarme a las mismas juergas para celebrar nada. Pero la calma tenía trampa. Solo el aire antes del siguiente hundimiento.
Aquella noche, cuando Naima brotaba de estos altavoces, una silueta se recortó en mi umbral. Aquel disco era una confesión póstuma.
Cinco mil pesos y un álbum de jazz no alcanzaban para neutralizar a un cabrón como Mazahuas. Los míseros cinco mil de Orlando apenas raspaban la superficie de los intereses acumulados en una sola semana. La deuda seguía engordando.
Abrí de golpe el cajón que hacía las veces de mi caja fuerte. Un puñado de monedas dispersas. Dos billetes que no alcanzaban ni para el taxi. La Beretta, debajo de todo, fría.
El jazz se atenuó. Ya no era un lamento, sino una pregunta que se repetía en el saxofón, una melodía insistente que me taladraba el cráneo. ¿Qué chingados iba a hacer Hortera? Lo de Mazahuas se acababa al amanecer. Solo pensaba en el Gordo Ornelas. La Clave Roja siempre pagaba en billetes grandes, aunque el precio lo pusieras tú mismo.
Dejé que la aguja aterrizara en el disco y me serví un güisqui mientras el piano de Kenny Drew comenzaba su lamento. La música era mi trinchera cuando el alcohol ya no bastaba para amurallar las voces. Me toqué el costado: dolor agudo, memoria viva de la última visita de los hombres de Mazahuas. Mora y su costumbre de invocar a sus muertos antes de quebrarte un hueso. Tarcicio y su mueca de calavera. La prórroga expiraba.
El teléfono emitió un chillido que profanó la santidad del saxofón. A estas horas solo llamaban los espectros o los cobradores, y la gente de Mazahuas cumplía con ambos oficios.
Dejé que sonara tres, cuatro veces.
—¿Sí?
—Hortera. —La voz de Mazahuas, el cantadito guanajuatense para anunciar sentencias—. Se te acabó el tiempo, güey.
—Necesito más. El trabajo de Orlando pagó una miseria.
—Ese es tu pinche problema. Me vale madre si tienes que vender un riñón. Mañana. O Mora te va a hacer una visita para recordarte que los Mpungos no aceptan excusas.
Colgó. La batería de Philly Joe Jones marcaba un compás hacia ninguna parte. Miré el vinilo girar en el tocadiscos. Blue Train. Un disco de primera edición, quizás. ¿Cuánto valdría? ¿Lo suficiente para comprar un día más?
Me levanté. El Gordo Ornelas conocía a coleccionistas, compradores de objetos raros y almas desesperadas. La Clave Roja estaría abierta. Agarré la Beretta del cajón. El peso familiar contra la costilla. Luego, con un cuidado que no reservaba para casi nada, metí el vinilo de Coltrane en su funda.
Salí a la noche. Blue Train bajo el brazo, la Beretta en la costilla.
NOCHE DEL 25 DE JULIO
La noche del veinticinco de julio escuché primero un aleteo de abejorro y después, en coro, el silbido de dos esferas chinas que se golpeaban entre sí.
Un espasmo violento me sacudió desde la negrura. Cerré la mandíbula en un candado de hueso. El cuero del sillón, frío y pegajoso bajo la mejilla, me devolvió al cuerpo con un latigazo húmedo. Mi propia saliva, un recordatorio de que la máquina todavía funcionaba, aunque fuera a tirones. La vieja costumbre de asfixiarse en sueños; pinche apnea. Jadeé con la garganta en carne viva, buscando un aire que se negaba a entrar.
El primer trago fue una lija que me rasgó el paladar. No era el aire viciado de mi cuarto. Este venía cargado de tabaco ajeno y de un tufo dulzón. Me zumbaban los oídos; ya no era el saxofón melancólico del Blue Train, sino un murmullo que reptaba por el cuarto. Una oración torcida, una letanía que se enroscaba en la atmósfera densa y prometía madrazos. Con ese respiro, supe que no estaba solo.
El canto de Palo Mayombe subió del lodo negro; en la voz de Tarcicio sonó como encaje rasgado, delicado a la mala, una caricia con filo. Pinche rezo fino. ¿Cuántas veces un rezo funcionaba como fusible para matar en paz? La ciudad vivía de santos alquilados y culpas empeñadas; yo nomás pagaba intereses.
Mora me plantó el peso encima. Los elekes se mecían en su cuello, cuentas negras y blancas; la camisa roja prendía un resplandor enfermo en el cuarto. El aliento a hierro y humo me pegó en el bigote. En esas pulseras firmó su trato con la huesuda; en mi costado, la rodilla cobró por adelantado. Me mordí la lengua: sangre con apnea. Buen sellador para cerrar el hocico.
—¿Qué muerto cargas ahí en tu escapulario, amigo?
—Se llaman mpungos y son puras cuentas.
Humedeció los labios. El dedo fue al arco del gatillo y tensó la curva con paciencia. Ahí me jodí.
—Me protegen.
Miré de reojo. Ahí estaba la muerte. Tarcicio vestía de esqueleto.
—Despiértate, culero —dijo con esa voz suave que siempre me ponía los pelos de punta.
Antes de que pudiera reaccionar, Mora levantó la rodilla y me la clavó en el costillar. El dolor me atravesó como un relámpago, pero me tragué el grito.
Por detrás de Mora apareció Mazahuas, con su cara de sapo viejo.
—Te jodiste, pinche Hortera —dijo en ese cantadito—. Se acabó el trato, güey. ¿A poco creías que no me iba a enterar?
Mora no hablaba mucho, pero cuando lo hacía era para decirte cómo te iba a matar.
—El cuñado del patrón está en el bote —explicó sin mover apenas los labios, como si le diera pereza gastar saliva en mí—. Lo agarraron hace unas horas en el Guanajuato Grill.
Recorrí mis opciones: la ventana, tres metros de caída con promesa de algo más que huesos rotos; la puerta, un muro de carne; mi Beretta, dormida en el puto cajón. Un error de cálculo fatal. Mora no fallaba; su puntería era materia de leyenda en los velorios. Los que atestiguaron su trabajo ya no eran más que un chisme contado en voz baja, nombres pudridos bajo tierra junto con sus secretos.
—Siéntate, cabrón —ordenó Mora, con su voz barítono que contrastaba con su figura esquelética, mientras se humedecía los labios.
—Un muerto no paga —dije, mirando fijamente a Mazahuas—. Esa fue la lección, ¿no?
Mora hizo ese gesto con el pulgar sobre la mandíbula. Calculaba dónde meterme el primer balazo.
—La misma que me costó una inflamación en el cerebro y a ti tres costillas rotas —le recordé. Ni se inmutó; la indiferencia era su escudo.
—¿Y qué quieres, pendejo? —Mazahuas.
—He conseguido lo que nadie consigue: tiempo. Me lo diste tú mismo, cabrón.
Mazahuas escupió un salivazo que chisporreteó en el polvo, justo al lado de mi bota.
—Pa’ regresar el dinero que nos estafaron. Aunque en estos negocios no hay seguro ni reembolso.
—Nos jodieron a los dos —reconoció el viejo, vaciando su voz rasposa como las viejas paredes de la Alhóndiga—. Y ese pinche político debería devolver la lana, cada centavo que le sacó a la gente.
Mazahuas y sus perros salieron sin cerrar la puerta. Me quedé quieto hasta que los pasos se perdieron escaleras abajo.
El político. El Gordo Ornelas sabría cómo llegar a él. Guanajuato tiene sus pasadizos al cielo, pero también al infierno. La Clave Roja estaría abierta.
Salí a la noche. A apostar lo que quedaba.
