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La desinformación mejora con el tiempo

El efecto durmiente en redes sociales conduce a que la desinformación se vuelva más creíble con el tiempo, a pesar de que su origen sea dudoso. Estudios muestran que los mensajes permanecen en la memoria, mientras que su fuente se desvanece. Esto plantea un grave desafío para la verificación de datos en el entorno digital.

Clay model of a brain receiving colorful particles from a speech bubble with 'Aha!' text

El efecto durmiente en redes sociales 

Tu tío compartió un meme en el grupo de WhatsApp de la familia hace seis meses. Decía que el dióxido de cloro curaba el COVID-19 y lo firmaba un supuesto médico del IMSS. Lo leíste, pusiste los ojos en blanco, cerraste la app. Hoy, sentado en una taquería de León, escuchas a un desconocido repetir la misma afirmación con absoluta naturalidad, como quien dice que el agua hierve a cien grados. Algo cambió entre aquel meme y esta conversación. La información no se volvió más verdadera. Pero se volvió más creíble. ¿Cómo ocurrió eso? La respuesta tiene un nombre preciso y una historia de más de setenta años en la psicología de la persuasión: el efecto durmiente.

En 1951, los psicólogos Carl Hovland y Walter Weiss publicaron un artículo que alteraría para siempre la manera en que entendemos la relación entre un mensaje y su origen. El artículo se tituló “The Influence of Source Credibility on Communication Effectiveness” y apareció en la revista Public Opinion Quarterly. Los investigadores diseñaron un experimento elegante: presentaron a los participantes textos sobre temas técnicos —la viabilidad de los submarinos atómicos, el futuro de la industria del cine— y atribuyeron esos mismos textos a fuentes de alta credibilidad (una revista científica reconocida) o a fuentes de credibilidad baja (un periódico de propaganda soviética). La medición inmediata arrojó resultados predecibles: los participantes se mostraban más persuadidos cuando la fuente era confiable. Cuatro semanas después, los investigadores volvieron a medir las actitudes. Los participantes que leyeron el mensaje atribuido a la fuente desacreditada mostraron un aumento significativo de persuasión. El mensaje del periódico soviético ganaba terreno en sus cabezas mientras el recuerdo de quien lo decía se disolvía. Hovland y Weiss acababan de documentar lo que denominaron el mecanismo de disociación: la memoria conserva el contenido del mensaje con mayor tenacidad que la identidad de su emisor.

Smartphone with app icons melting and flowing into rippling water
A smartphone’s app icons appear to melt and flow into water below.

Para comprenderlo mejor, imagina que la memoria funciona como un archivero viejo con cajones desiguales. En un cajón profundo y bien aceitado se guarda el dato: “el dióxido de cloro cura enfermedades”. En otro cajón, más superficial y con la cerradura floja, se almacena la etiqueta: “esto lo dijo un meme dudoso de WhatsApp”. Con el paso de las semanas, el primer cajón sigue intacto. El segundo se atora, se oxida, deja de abrir. El dato sobrevive; la advertencia sobre su procedencia desaparece. Esto plantea una pregunta inquietante: ¿qué sucede cuando millones de personas abren sus teléfonos todos los días y reciben cientos de mensajes cuyas fuentes jamás verifican?

La investigación posterior confirmó y refinó el hallazgo de Hovland. Anthony Pratkanis, Anthony Greenwald, Michael Leippe y Michael Baumgardner publicaron en 1988 en el Journal of Personality and Social Psychology los resultados de diecisiete experimentos controlados por computadora. Su trabajo, titulado con una ironía deliberada —“In Search of Reliable Persuasion Effects: III. The Sleeper Effect Is Dead. Long Live the Sleeper Effect” demostró que el fenómeno se produce de manera fiable cuando se cumplen tres condiciones: el receptor presta atención a los argumentos del mensaje, la señal de descuento (la información que desacredita la fuente) aparece después del mensaje y el receptor evalúa la credibilidad de la fuente inmediatamente después de recibirla. La teoría que propusieron, denominada decaimiento diferencial, postula que el impacto de la señal de descuento se degrada más rápido que el impacto del mensaje. Es una carrera desigual entre dos memorias: la del contenido y la del contexto. El contenido gana siempre.

Traslademos esta mecánica al ecosistema digital mexicano. En México, durante los primeros cinco meses de la pandemia —de marzo a julio de 2020—, el Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano documentó la circulación de aproximadamente 1.294 noticias falsas sobre COVID-19. WhatsApp se convirtió en el vector principal de contagio informativo: audios atribuidos a médicos anónimos, cadenas con instrucciones de falsa autoría hospitalaria, imágenes manipuladas con logotipos del IMSS o de la Secretaría de Salud. Un estudio publicado en la Revista Mexicana de Opinión Pública por investigadores de la UANL encontró evidencia de un efecto indirecto preocupante: el uso de medios tradicionales y redes sociales predecía la creencia en noticias falsas sobre COVID-19, y esa creencia, a su vez, reducía el acatamiento de las medidas preventivas. Las noticias falsas no eran solo un problema de verdad o mentira. Mataban.

Pero el efecto durmiente añade una capa adicional de complejidad que pocos análisis abordan en el contexto mexicano. La desinformación no solo circula; mejora con el tiempo. Un estudio de 2023, dirigido por Stefano Ruggieri y sus colegas de la Università degli Studi di Enna “Kore”, en Italia, y publicado en Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking, exploró directamente esta conexión. Los investigadores expusieron a 324 trabajadores a publicaciones de Facebook sobre las normas de prevención del COVID-19, manipulando tanto el mensaje como la fuente. Los resultados mostraron que los participantes recordaban el mensaje con facilidad, pero no la fuente, y que su susceptibilidad a las noticias falsas aumentaba significativamente en una prueba realizada una semana después. El tiempo limpiaba la reputación del mentiroso y dejaba la mentira intacta.

Pensemos en cómo opera este mecanismo en la ecología informativa del Bajío, de Guanajuato, de cualquier ciudad media mexicana. Un vecino comparte en Facebook un video en el que alguien, con bata blanca y tono doctoral, explica que las antenas 5G debilitan el sistema inmunológico. El receptor lo ve con escepticismo inicial: reconoce que el video circula a través de una cuenta sin verificar, que el supuesto doctor no muestra credenciales y que la propia plataforma coloca una etiqueta de advertencia. Pasan tres meses. El receptor ya no recuerda la cuenta, el video específico ni la etiqueta. Recuerda una idea: “algo leí sobre el 5G y el sistema inmunológico”. Esa idea flota libre, desanclada de su origen fraudulento, disponible para incorporarse al repertorio de cosas que uno “sabe”. En la estructura de la memoria, la proposición se ha trasladado del cajón de “información sospechosa” al de “conocimiento general”. La mudanza ocurrió sin que nadie la autorizara.

La investigadora Claire Wardle, de First Draft News, distinguió en 2017 entre siete tipos de desorden informativo, que iban desde la sátira hasta la fabricación completa. Lo que el efecto durmiente revela es que esa tipología, útil en el momento de la exposición inicial, pierde relevancia con el tiempo. Un contenido fabricado y un contenido meramente engañoso terminan ocupando el mismo espacio en la memoria del receptor semanas después, porque la etiqueta de calidad se ha desprendido. Es como si las frutas podridas y las frescas, metidas en la misma caja oscura durante un mes, se volvieran indistinguibles al tacto.

¿Qué papel desempeña la viralización en este proceso? La estructura de las redes sociales no solo distribuye información, sino que también la despoja de contexto con cada reenvío. Cuando un mensaje pasa de WhatsApp a Facebook, de Facebook a Twitter, de Twitter a una sobremesa familiar, cada salto elimina una capa de información contextual. El primer receptor vio la publicación original con su autor, su fecha, sus comentarios de advertencia. El quinto receptor recibe un fragmento parafraseado, sin autoría, fecha ni contexto. La viralización opera como una máquina para producir un efecto durmiente: cada reenvío acelera la disociación entre el mensaje y su fuente que Hovland documentó en su laboratorio de Yale hace más de setenta años. La diferencia es que el laboratorio estaba controlado y contaba con decenas de participantes. WhatsApp tiene más de ochenta millones de usuarios en México.

Una encuesta internacional coordinada por la Fundación Friedrich Naumann reportó que el 56% de los entrevistados mexicanos coincidía con la afirmación de que los medios de comunicación ocultan hechos sobre el coronavirus bajo presión gubernamental. Este dato revela un suelo fértil para el efecto durmiente: cuando la desconfianza institucional es alta, las fuentes oficiales funcionan como señales de descuento invertidas. La etiqueta “esto lo dice el gobierno” no aumenta la credibilidad; la reduce. En ese entorno, la información que circula por canales informales —el grupo de WhatsApp, el audio reenviado, el meme con tipografía Impact— adquiere una ventaja paradójica: carece de una fuente identificable y, por lo tanto, de señal de descuento. El receptor no puede desconfiar de nadie en particular, así que termina confiando en el mensaje en general.

La revelación tiene implicaciones profundas para quienes trabajan en la verificación de datos. El fact-checking convencional opera bajo un supuesto que el efecto durmiente pone en crisis: que desacreditar la fuente equivale a desacreditar el mensaje. Los verificadores identifican una noticia falsa, rastrean su origen, publican la corrección. Pero la corrección también tiene una fuente y esa fuente también se desvincula del mensaje con el tiempo. Peor aún: la exposición repetida al contenido falso —incluso al desmentirlo— puede reforzar la familiaridad con el dato incorrecto. Los psicólogos cognitivos llaman a esto el efecto de verdad ilusoria: cuanto más familiar suena una afirmación, más verdadera parece. El fact-checker que desmiente la noticia de que las vacunas contienen microchips está, involuntariamente, repitiendo la palabra “microchip” ante una audiencia que, seis meses después, recordará “algo de los microchips y las vacunas” sin recordar si lo leyó en una cadena de WhatsApp o en un artículo de verificación.

Existe una salida, aunque estrecha. La investigación sobre inoculación psicológica —término acuñado por el psicólogo social William McGuire en los años sesenta y revitalizado por Sander van der Linden, de la Universidad de Cambridge, en trabajos recientes— propone una estrategia preventiva: en lugar de corregir la desinformación después de que circula, se expone al receptor a versiones debilitadas de las técnicas de manipulación antes de que las encuentre. Es la lógica de la vacuna aplicada a la cognición. Un estudio publicado en 2022 en Science Advances por van der Linden y Jon Roozenbeek demostró que breves intervenciones de inoculación —videos de noventa segundos que enseñaban a reconocer técnicas como el uso del lenguaje emocional o la falsa autoridad— mejoraban la capacidad de los participantes para identificar la desinformación en un 20-30%. La ventaja de la inoculación sobre el fact-checking es temporal: actúa antes de que el efecto durmiente tenga oportunidad de operar. Si el receptor aprende a reconocer la técnica manipulativa antes de recibir el mensaje, la señal de descuento se integra con el contenido en lugar de almacenarse por separado.

México necesita esta conversación con urgencia. Las redes sociales del país no solo transportan información: la procesan, la fragmentan, la destilan hasta convertirla en aforismos sin autor. “El limón con bicarbonato cura el cáncer.” “Las vacunas alteran el ADN.” “El gobierno quiere controlarnos con el chip.” Cada una de estas frases circuló millones de veces durante los años de pandemia y en los años posteriores. Cada una fue desmentida docenas de veces. Cada una sigue viva en la memoria colectiva mexicana porque el mecanismo que la mantiene ahí —el decaimiento diferencial entre mensaje y fuente— no responde a los desmentidos. Responde a la arquitectura misma de cómo recordamos.

El efecto durmiente no es un fallo del sistema. Es el sistema. La memoria humana evolucionó para retener información útil y desechar metadatos redundantes. En un entorno donde la información circulaba lentamente —aldeas, mercados, plazas—, olvidar quién dijo algo y recordar lo que dijo era una estrategia cognitiva eficiente. En un entorno en el que cuatro mil millones de personas producen contenido diario en redes sociales, esa misma estrategia se convierte en una vulnerabilidad. El meme que tu tío compartió hace seis meses no era persuasivo entonces. Hoy, despojado de su origen, limpio de la mugre de su procedencia dudosa, se ha convertido en algo que “todo el mundo sabe”. Esa transformación no requirió evidencia nueva, argumentos adicionales ni autoridad legítima. Solo requirió tiempo. Y el tiempo, en las redes sociales mexicanas, es el mejor aliado de la mentira.

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