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La radio ya no compite con la radio

La radio pública ya no compite únicamente con otras emisoras. En la era de Spotify, YouTube y los podcasts, su verdadero desafío es captar la atención y ofrecer un valor que las plataformas digitales no pueden proporcionar: contexto, confianza y servicio público. Este artículo analiza cómo ha cambiado el consumo de audio y cuál puede ser el futuro de la radio cultural.

Durante buena parte del siglo XX, la competencia de una emisora se encontraba a pocos centímetros de distancia. Bastaba con mover la perilla del receptor para pasar de una estación a otra. El territorio estaba delimitado por el cuadrante: unas cuantas frecuencias disputaban la música y las noticias de una ciudad, además de su compañía. Hoy el cuadrante ha desaparecido.

Una emisora ya no compite con la señal vecina. Compite contra Spotify, YouTube, los podcasts, los audiolibros, las series, los mensajes pendientes, los videos breves y contra la decisión de viajar sin escuchar nada. La radio ya no compite con la radio. Compite con todas las experiencias capaces de ocupar una porción de nuestra atención.

Muchas emisoras, sin embargo, continúan tomando decisiones como si el dial siguiera siendo la frontera del mundo. Comparan horarios y formatos. La pregunta decisiva cambió y ellas no se enteraron. Ya no basta con saber qué ofrece una estación frente a otra. Hay que preguntarse por qué una persona debería entregar una hora de su vida a cualquiera de ellas.

Pensemos en un conductor atrapado en el tráfico de la ciudad de León a las siete y cuarenta de la mañana. En 1993, ese conductor tenía acceso a quince o veinte frecuencias. Movía el dial entre la W, Stereo Joya, Radio Red y un par de opciones más. Si ninguna lo convencía, quedaba el casete olvidado en la guantera. La escasez organizaba la elección. La radio ganaba porque las alternativas cabían en la palma de la mano.

Ese mismo conductor, en 2026, lleva en el bolsillo un dispositivo con acceso a cuarenta millones de canciones, doscientos mil podcasts en español, tres plataformas de video, dos servicios de audiolibros y un chat con ciento cuarenta y siete mensajes sin leer. La radio dejó de ser el territorio donde se celebraba la elección sonora. Se convirtió en una opción más dentro de un catálogo que ningún ser humano puede recorrer por completo en toda su vida.

¿Qué experiencia ofrece una emisora que justifique renunciar durante una hora a todas las demás posibilidades?

La pregunta no busca decretar la muerte de la radio. La radio sigue viva: transmite, emplea personas y produce contenido. Lo que perdió fue otra cosa: el privilegio de ser elegida por defecto. Y esa pérdida cambia las reglas de todo lo que viene después.

Una emisora ya no compite con la señal vecina. Compite contra Spotify, YouTube, los podcasts, los audiolibros, las series, los mensajes pendientes, los videos breves y contra la decisión de viajar sin escuchar nada. La radio ya no compite con la radio. Compite con todas las experiencias capaces de ocupar una porción de nuestra atención.

Muchas emisoras, sin embargo, continúan tomando decisiones como si el dial siguiera siendo la frontera del mundo. Comparan horarios y formatos. La pregunta decisiva cambió y ellas no se enteraron. Ya no basta con saber qué ofrece una estación frente a otra. Hay que preguntarse por qué una persona debería entregar una hora de su vida a cualquiera de ellas.

La prensa y la televisión enfrentan la misma fragmentación de la audiencia. Ningún medio tradicional escapa a la proliferación de opciones. Lo que distingue el caso de la radio, y lo que este texto intenta desarrollar, son las herramientas específicas que tiene para responder, distintas de las que tiene un periódico o un noticiario de televisión.

En 1985, una familia de Guanajuato encendía el aparato Philips de la cocina a las seis de la mañana y lo apagaba a las once de la noche. Entre esas dos acciones, la radio ocupaba el espacio sonoro de la casa con la naturalidad con que sale el agua de la llave. Nadie decidía escuchar la radio. La radio estaba ahí, como los muebles.

Las emisoras competían con herramientas que hoy parecen de otra civilización. La potencia del transmisor determinaba si una señal llegaba limpia al valle o se perdía detrás de los cerros. Importaba la claridad: una estación con ruido de fritura perdía al escucha frente a otra con audio nítido, aunque la programación fuera peor. Un conductor reconocible al segundo funcionaba como un contrato de confianza. La exclusividad musical daba una ventaja real: si una estación conseguía el disco antes que las demás, ese dato movía la audiencia. Información local, horarios de programación, formato: variables de una misma ecuación contable.

Bastaba girar una perilla. El mundo sonoro disponible cabía en unos cuantos centímetros del cuadrante.

La radio ocupaba, además, una posición que ningún otro medio podía disputarle: la de compañía sin exigencia. Acompañaba al mecánico debajo del cofre, a la costurera frente a la Singer, al taxista entre López Mateos y Panorama, al estudiante que hacía tarea con la libreta abierta y el lápiz entre los dientes. No pedía que la miraran. No necesitaba las dos manos. El cuerpo podía seguir en movimiento.

Esa posición generaba algo que las emisoras confundieron con lealtad: la cautividad. Si una persona quería sonido, tenía quince o veinte opciones en el cuadrante. Si ninguna le convencía del todo, elegía la que estaba más cerca de lo que buscaba. La escasez organizaba la elección. La radio ganaba por descarte.

Las reuniones de programación giraban en torno a preguntas razonables para ese mundo: ¿a qué hora pierde audiencia el noticiario? ¿El programa de las cuatro necesita una voz femenina? ¿Pasamos más baladas o más rock? Preguntas internas. Preguntas entre frecuencias. La competencia residía en el cuadrante.

Nadie en esas reuniones preguntó qué pasaría cuando el cuadrante dejara de existir.

La digitalización no se limitó a sumar estaciones. Disolvió el límite que organizaba la elección. Antes, la frontera del catálogo coincidía con el cuadrante: quince, veinte frecuencias y ya. Ese límite funcionaba como una cerca visible. Uno sabía dónde terminaba el mundo sonoro disponible porque podía tocar sus bordes con la mano que giraba la perilla.

Hoy no hay cerca, al menos no en las ciudades con conexión estable. Desde el mismo teléfono, un joven en León puede escuchar la estación de su ciudad a las ocho de la mañana, cambiar a una canción específica a las ocho y dos, seguir un podcast de historia mexicana a las ocho y cinco, ver una entrevista en video a las ocho y once y, a las ocho y quince, abandonar el audio por completo para ver una serie mientras desayuna. Ese recorrido ocurre en el mismo aparato, sin fricción entre un formato y otro, sin que ninguna frontera institucional le recuerde que acaba de saltar entre cuatro medios distintos.

Vale una acotación antes de seguir. Esta descripción corresponde a mercados urbanos con una cobertura de datos confiable. En zonas rurales o con conectividad irregular, el cuadrante no desapareció del todo: la radio sigue ocupando ahí un lugar más parecido al de 1985 que al que describe el resto de este texto, y el argumento que sigue no aplica de la misma manera.

Las instituciones siguen operando con esas fronteras. Un organismo público separa su presupuesto entre radio, televisión, prensa y redes; cada área tiene su director y su métrica propia. Pero el joven de León no organiza su atención así. Para él existe una sola categoría, sin nombre técnico: cosas que podrían ocupar los próximos quince minutos.

Ahí ocurre el primer giro importante, más profundo que la mera multiplicación de opciones. La convergencia no ocurrió solo en los dispositivos. Ocurrió en la experiencia de elegir. El teléfono no reemplazó al radio como aparato: reemplazó al cuadrante como principio organizador del tiempo sonoro de una persona.

Eso es lo que la radio perdió sin funeral ni fecha exacta: la frontera que hacía visible dónde empezaba y dónde terminaba la competencia.

El rival de un programa matutino no es otro programa matutino.

Pensemos en una mujer de treinta y seis años que sale de su departamento en la colonia lomas de Guanajuato a las siete y cuarto. Lleva audífonos. Tiene un trayecto de cuarenta minutos en el tráfico hasta el Teatro Juárez. En ese lapso puede abrir Spotify y continuar la playlist que dejó a medias anoche. Puede escuchar los quince minutos restantes de un episodio sobre crímenes reales. Puede revisar los ochenta y tres mensajes de WhatsApp que se acumularon en el chat del trabajo mientras dormía. Puede ver cuatro videos de dos minutos en su teléfono, de pie, agarrada del tubo con la mano izquierda. Puede llamar a su madre, que lleva tres días esperando esa llamada. Puede no escuchar nada y mirar las caras de los demás pasajeros.

Puede, entre todas esas opciones, encender una estación de radio.

¿Por qué lo haría? Esa pregunta no aparece en las juntas de programación. Las juntas de programación discuten si el bloque de las siete necesita una cápsula informativa o si el conductor debería abrir con la nota del día. Comparan su propuesta con la de las demás estaciones. Miden su desempeño dentro de una categoría, “radio”, que para esa mujer del metro no funciona como categoría. Para ella, la estación de radio ocupa el mismo lugar que el podcast, la llamada, la playlist y los mensajes: cosas que podría hacer durante sus cuarenta minutos.

La emisora compite contra el tiempo disponible de esa persona. No contra otro producto sonoro. Contra cualquier actividad que quepa en el mismo hueco del día.

Eso desplaza la pregunta estratégica de un modo que muchas estaciones no han procesado. Durante décadas, la pregunta fue: ¿qué ofrece nuestra emisora que no ofrece otra estación? Pregunta útil cuando la competencia vivía dentro del cuadrante. Pregunta que conducía a comparar parrillas, voces, horarios, géneros musicales.

La pregunta de 2025 es distinta: ¿qué experiencia ofrecemos que justifique renunciar, durante cuarenta minutos, a todas las demás posibilidades?

La primera pregunta compara estaciones entre sí. La segunda obliga a calcular el valor real del tiempo de una persona que no le debe nada a ninguna frecuencia. La distancia entre ambas preguntas contiene todo lo que la radio necesita repensar.

Podríamos resumir la actitud de buena parte de la industria con una frase, sin una cita textual de nadie en particular, pero fiel al tono de muchas juntas de programación: diseñar la parrilla como si la audiencia se sentara a esperar lo que viene. Esa imagen, la del escucha que aguarda frente al receptor con la paciencia de quien mira pasar un tren, pertenece a un mundo en el que cambiar de estación requería levantarse del sillón y caminar hasta el aparato para girar la perilla. Un acto con fricción. Un acto que costaba tres segundos y dos metros de desplazamiento. Suficiente para que muchas personas no se molesten.

Hoy, abandonar una transmisión cuesta un toque con el pulgar en una pantalla de 5 pulgadas. Ni siquiera un toque: un deslizamiento. Medio segundo. La persona que escucha una entrevista de veintidós minutos con un funcionario de cultura puede marcharse al minuto cuatro si las preguntas no aportan información que no pueda obtener del boletín de prensa que ya leyó en X mientras esperaba el café.

Muchas emisoras programan como si esa posibilidad no existiera. Toleran introducciones en las que el conductor repite tres veces el nombre y el cargo del invitado. Transmiten bloques institucionales que ningún escucha solicitó y sostienen conversaciones en las que dos personas coinciden durante ocho minutos sin que esa coincidencia produzca un solo dato nuevo. Mantienen formatos porque llevan años funcionando y cambiarlos implicaría reuniones que nadie quiere convocar.

La audiencia cautiva permitía esos márgenes. La audiencia actual no los subsidia.

¿Significa eso que todo debe acortarse, fragmentarse, inyectarse de velocidad? La respuesta fácil sería sí, y la respuesta fácil conduce a imitar TikTok con micrófonos. El resultado: contenido radiofónico que parece un carrete de Instagram narrado en voz alta. La radio pierde lo único que la distingue para ganar unos segundos de permanencia.

La lección apunta a otro sitio.  El problema es de densidad, no de duración. Una hora de radio puede justificarse si cada segmento contiene tensión, descubrimiento, emoción y una pregunta que el escucha no se había formulado. Una hora sin esos elementos no compite con nada. La lentitud puede conservar valor, pero la inercia no cotiza en ningún mercado de atención.

El problema quizá no sea la radio

«La gente ya no escucha contenidos largos». La frase aparece en cada foro de medios y en  cada junta en la que un directivo busca explicar por qué los números bajan. Suena razonable. Suena, incluso, inevitable. Y resiste mal el contacto con los datos.

En México, el podcast Regsatisfy de Olallo Rubio acumula episodios de más de dos horas de duración. Leyendas Legendarias sostiene conversaciones que rebasan los noventa minutos con regularidad y sus cifras de audiencia rivalizan con las de los programas de televisión abierta. Las transmisiones de la Liga MX por radio siguen captando audiencias que permanecen pegadas al audio durante los partidos completos, incluida la prórroga. Los audiolibros en español muestran una tendencia de crecimiento sostenido en plataformas como Storytel, y las sesiones de escucha suelen superar la media hora, según reportes del sector. Las personas no perdieron la capacidad de prestar atención durante periodos prolongados. Perdieron la disposición a hacerlo cuando el contenido no justifica el costo.

Lo que cambió no fue la capacidad del oído. Cambió la relación con la programación.

Un hombre que limpia su departamento en la colonia Villas el domingo por la mañana escucha un podcast de crímenes reales durante hora y media. Lo pausa cuando suena el teléfono. Lo retoma mientras tiende la ropa. Elige el episodio por tema, nunca por horario. Si a los seis minutos la narración no le ofrece nada, pasa al siguiente. Ese mismo hombre, si enciende una estación de radio, encuentra un programa que ya comenzó, con un tema que él no eligió, en un punto de la conversación que no puede reconstruir, sin opción de pausar ni de volver al principio.

El público espera control: decidir cuándo escucha, interrumpir, retomar, seleccionar por interés, compartir un fragmento con alguien, saltarse lo que no le importa. La arquitectura del podcast lo concede todo. La arquitectura tradicional de la radio no concede casi nada.

El lenguaje radiofónico, la voz, la conversación y el ritmo del audio en vivo conservan su potencia. El problema reside en el envase, no en el contenido que cabe dentro. La programación lineal, esa secuencia fija en la que cada bloque depende de que el escucha haya llegado a tiempo y permanezca quieto, dejó de ser la única forma posible de ofrecer una experiencia sonora. Sigue siendo una forma válida. Pero tratarla como la única equivale a vender agua embotellada y exigir que el cliente venga a buscarla a la planta.

De la parrilla al ecosistema

    En 2019, una emisora pública del norte del país transmitió una entrevista de cuarenta minutos con una historiadora que había documentado la desaparición de veintitrés pueblos mineros en Sonora. La conversación contenía datos que ningún medio local había publicado, testimonios de familias desplazadas, coordenadas de archivos municipales que ya nadie custodiaba. Salió al aire un martes a las once de la mañana. Según los registros internos, la escucharon unas cuatrocientas personas. El audio no se subió a ninguna plataforma. No se transcribió. No se fragmentó. No se archivó en un sitio consultable. A las doce del día, esa entrevista dejó de existir.

    El contenido cumplió una sola función: llenar cuarenta minutos de parrilla. Y la parrilla siguió avanzando.

    Ese modelo trata cada emisión como un evento que se agota en el momento de su transmisión. El programa nace, ocupa su franja horaria y desaparece para dar paso al siguiente bloque. La lógica es lineal, secuencial y, por ende, perecedera. Funcionó mientras la transmisión en vivo fuera la única vía de acceso al contenido. Cuando esa condición dejó de cumplirse, la lógica se convirtió en un mecanismo de destrucción: la emisora produce valor y lo descarta el mismo día.

    La alternativa no consiste en colocar el mismo audio en seis plataformas. Eso es distribución y la distribución sin criterio multiplica la irrelevancia. La alternativa exige una pregunta distinta para cada pieza de contenido: ¿qué funciones puede cumplir y en qué formatos las cumple mejor?

    La transmisión en directo ofrece simultaneidad: el escucha sabe que otros reciben las mismas palabras en el mismo momento, y eso produce una compañía que el contenido bajo demanda no reproduce. Profundidad y control, en cambio, son terreno del podcast: la persona elige cuándo escuchar, pausar, regresar y avanzar. Tres minutos de fragmento breve pueden funcionar como puerta de entrada hacia la conversación completa. Para consulta y cita, está el texto complementario. El archivo guarda lo que la transmisión descarta. Y hay vínculos que ningún formato digital sustituye: una mesa de discusión en una biblioteca municipal, un encuentro con la historiadora en Hermosillo, la conversación presencial.

    Cada formato cumple una función específica. La emisora que lo comprende deja de comportarse como un canal que transmite señales y empieza a operar como una institución que produce experiencias sonoras, culturales y comunitarias. La entrevista con la historiadora de Sonora pudo haber vivido en seis formatos distintos. Vivió en uno y duró cuarenta minutos.

      La ventaja específica de la radio

      Spotify, los podcasts y los audiolibros también se consumen sin mirar una pantalla. Ahí la radio no tiene ventaja exclusiva sobre ellos. La ventaja real está en otro lugar: decenas de miles de personas reciben las mismas palabras en el mismo instante, sin haberlo planeado, sin que ningún algoritmo haya decidido previamente qué debían escuchar.

      La prensa y la televisión enfrentan la misma fragmentación de la audiencia que la radio, pero ninguna de las dos puede resolverla con las mismas herramientas. Un periódico no ofrece simultaneidad real: cada quien lee cuando puede y el texto espera sin cambiar. Un noticiario de televisión exige ojos y pantalla, algo que nadie puede ofrecer mientras conduce o cocina. La radio conserva dos propiedades que la prensa y la televisión no pueden reunir al mismo tiempo: prescinde de la mirada y ofrece presencia compartida en el momento en que ocurre.

      Esa combinación determina una categoría de experiencia que ninguna plataforma visual ha conseguido replicar. La radio acompaña sin ocupar. Entra en la actividad que la persona ya está realizando: lavar platos, conducir, pintar una pared, caminar entre Coyoacán y el Centro, y se instala al lado sin pedir que el cuerpo se detenga ni que los ojos abandonen lo que están haciendo. La voz llega y convive con el resto de la vida. Esa cualidad tiene un nombre técnico en los estudios de medios: presencia sin exigencia visual. Tiene un nombre más preciso en la experiencia cotidiana: compañía.

      Una mujer que escucha la radio mientras cocina a las dos de la tarde en Xalapa comparte el tiempo con una voz que también está ahí, en ese momento, hablando para ella y para otros que ella no conoce, pero que existen. Esa simultaneidad distingue a la radio de cualquier otro contenido bajo demanda. El podcast se escucha en soledad cronológica: cada quien lo reproduce en su hora, en su momento, sin relación temporal con los demás. La radio crea una sincronía involuntaria. Miles de personas reciben las mismas palabras al mismo tiempo sin haberse puesto de acuerdo. Eso produce un tipo de vínculo que las plataformas de consumo individual no generan: la certeza compartida de estar escuchando juntos.

      La radio puede reaccionar. Cuando un sismo sacudió la Ciudad de México el 19 de septiembre de 2017, las estaciones de radio se convirtieron en el sistema nervioso de la emergencia. Una voz humana que describe lo que está pasando en tu colonia, en tu calle, a tres cuadras de donde estás parado con las manos temblando, cumple una función que ningún hilo de texto sustituye. Eso importa más que cualquier ventaja tecnológica frente a Twitter. La radio convierte lo local en una experiencia compartida a una velocidad que los algoritmos de distribución no alcanzan.

      La radio conserva otra propiedad que el diseño algorítmico eliminó de las plataformas: la serendipia. Spotify recomienda lo que sus modelos predicen que el usuario quiere. La radio interrumpe esa lógica. Coloca una canción, una voz, una historia que la persona no pidió ni habría buscado. La plataforma satisface una preferencia; la radio todavía puede propiciar un descubrimiento.

      La radio comercial tiene una respuesta clara a la pregunta sobre su supervivencia: entretenimiento, celebridades, música que ya suena en las listas, noticias calientes, promociones con boletos para el concierto del viernes. Su lógica es transaccional y su métrica es el rating. Cuando el rating baja, cambia de conductor, de formato o de género musical. La ecuación es dura pero legible.

      La radio pública opera con otra ecuación. No puede competir por rating porque su financiamiento no depende de los anunciantes. Tampoco puede ofrecer celebridades: el presupuesto no las paga. Y el espectáculo queda fuera de su alcance, porque su mandato apunta en otra dirección. Necesita responder una pregunta que la radio comercial ni siquiera se formula: ¿qué produce esta emisora que el mercado, por su propia lógica, no va a producir?

      La respuesta fácil es «cultura». Y la respuesta fácil no alcanza. La cultura circula en cantidades industriales por internet. Un adolescente en Iztapalapa puede acceder a más conferencias, documentales, lecturas en voz alta y conciertos grabados de los que cualquier emisora cultural ha transmitido en toda su historia. La cultura dejó de ser escasa. Lo que sigue siendo escaso es el contexto. Un podcast puede informar que Rulfo publicó Pedro Páramo en 1955. Una emisora pública en Jalisco puede contar qué pasaba en Sayula ese año, quién conserva los mapas del pueblo que Rulfo recorrió, qué suena en la barranca del río cuando el viento cambia de dirección a las seis de la tarde. Contexto, proximidad, memoria.

      La radio pública justifica su presencia cuando produce valor que no cotiza en un mercado publicitario: la voz de una poeta purépecha que lee en su lengua y traduce al español; la grabación del último músico de tambora en un pueblo de Sinaloa donde nadie más llevó un micrófono; la conversación de cuarenta minutos con un historiador que explica por qué una calle de Puebla lleva el nombre que lleva. Contenido que ningún algoritmo va a recomendar porque no sabe qué hace falta.

      La curaduría, la pluralidad, la confianza construida a lo largo de décadas, el acceso a voces que el mercado no distribuye: eso constituye la propuesta. La radio pública no se justifica por transmitir contenidos distintos. Se justifica cuando genera valor que no depende de su rentabilidad.

      Esa independencia tiene un costo que conviene mencionar. La radio pública depende del presupuesto público y ese presupuesto puede recortarse. Puede politizarse. Puede desaparecer sin que el mérito editorial tenga nada que ver. El ecosistema descrito en el apartado anterior solo se sostiene si hay recursos para operarlo: ninguna estrategia de contenido resuelve por sí sola un problema de financiamiento.

      Una lectura apresurada de todo lo anterior podría llevar a una conclusión equivocada: si la radio compite con las plataformas, debe parecerse a ellas. Acelerar cada conversación. Perseguir la tendencia del día. Fragmentar las ideas hasta que quepan en sesenta segundos. Convertir cada programa en un espectáculo con efectos de sonido y cortes cada noventa segundos.

      Esa ruta conduce a una imitación torpe: ni radio ni plataforma, un producto que no termina de ser ni una ni otra.

      Competir tampoco implica obedecer las reglas del rival, sino comprender dónde se disputa la atención y decidir qué experiencia distinta ofrecer allí. La radio pública no debe imitar a las plataformas, pero tampoco puede seguir funcionando como si no existieran. Su tarea consiste en aprender cómo se comportan las audiencias hoy, qué esperan, qué toleran y, sobre todo, qué abandonan, y responder con lo que sabe hacer bien: dar tiempo a las ideas, abrir el micrófono a quien no tiene otro, conservar lo que nadie más conserva.

      La radio ya no compite con la radio. Eso quedó establecido. Pero tampoco compite solo por el tiempo. Una emisora puede obtener reproducciones con una sola ocurrencia. Puede inflar su alcance con una polémica. Los números suben un martes y bajan el jueves. Lo que permanece es otra cosa: la certeza, en una persona concreta, de que esa emisora le ofrece algo que no encuentra en ningún otro lugar de su teléfono.

      Llenar las horas vacías de alguien ya no basta. La competencia real se juega en merecer las horas que esa persona elige entregar.


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