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Cosas simples

Enrique Rangel, poeta y narrador, combina lo cósmico con lo cotidiano en su obra «Cosas simples». A través de su relación con Ana Belén, explora una biografía que abarca tres décadas, destacando la belleza de lo simple y lo profundo.

Enrique Rangel baja del universo a lavar los platos 

“Prefiero el tiempo insectil al estelar.” 
Wisława Szymborska, del poema “Posibilidades” 

Conozco a Enrique desde hace años. Sé que escribe sin parar desde que era un chico dark-punk con banda propia. Lo de rockero lo supe después, en una conversación que tuvimos en el Palacio de Minería: yo había sido cantinero y contrataba bandas de rock; él, cantante punk en bares de León. 

Lo de moldear el mundo a punta de máquina de escribir se le notaba en cada frase. Enrique articula una oración y parece esculpir la palabra: busca en algún sitio la exactitud o, por lo menos, la forma más limpia de comunicarse. Estalla un universo. Y, sin embargo, ha tardado diez años en publicar este libro. La escritura, en cambio, no se ha detenido. La practica a diario, lo apuesto. 

Cuando generosamente ofreció Cosas simples, le eché una mirada de inmediato. Quería encontrar un espacio tranquilo para darme gusto con las palabras, pero no lo encontré: me dejé ir a leerlo en cuanto pude. Enrique publica en Facebook de manera irregular, con paciencia de pescador: lanza el anzuelo y espera. Esa espera larga vale la pena. Sus poemas se disfrutan a pausas, entre post y post, y cada aparición confirma la misma constancia de siempre. También confirma el enigma que más me gusta de su trabajo: la tensión entre lo grande y lo pequeño. 

Desde ahí lo leo yo: soy narrador, no poeta, y me acerco a la poesía desde ese lugar. Busco la escena, el detalle que sostiene la imagen, el instante en que el verso deja de flotar y toca tierra. Por eso me atrapó el poema que le da título. El hablante baja “de entre las estrellas”, donde confeccionaba “joyas órficas con nebulosas”, para hacer cosas simples: sacar la basura, darle de comer al gato, lavar los platos. Ese salto entre el cosmos y la cocina no es un detalle aislado; es el eje de todo el poemario. 

A partir de ese eje, el vocabulario cósmico aparece en casi cada página: Sol, Universo, huracanes, auroras boreales, cuásares. Y convive con escenas domésticas: el supermercado, el desayuno, los calcetines desparejados. En “33 años luego”, Enrique junta los dos registros en la misma estrofa. “Mirar juntos el Sol que se desangra” viene seguido de “Hacerte reír con mi show de tonterías”. Ahí está el gesto central del conjunto: la intensidad retórica se apaga y la vida compartida —treinta y tres años— hace el trabajo por sí sola. 

Leído completo, el libro narra una historia con una cronología precisa, aunque nunca la amarra a un calendario. No hay años señalados: no hay “en 1990”, no hay “aquel verano de tal año”. En su lugar, Enrique marca el tiempo con otros números: los días sueltos de “Día D” —16 de agosto, luego 21, 22, 23, hasta el 31—, que miden una espera como quien tacha un calendario en la pared; y el título de “33 años luego”, que resume de un solo golpe toda una vida compartida. Esa es la aritmética del libro: no dice cuándo, pero sí dice cuánto. 

Con esa aritmética, la historia empieza en el colegio, con el miedo de hablarle por primera vez a esa chica. Pasa por la ausencia y por el dolor de la separación temporal, medido día a día en “Día D”. Llega a la convivencia y a los hijos, y cierra en “33 años luego” con un balance sin adorno. Los números que aparecen en el camino son la prueba de que treinta y tres años no es una cifra retórica: es el saldo real de una existencia. 

Esa existencia, además, tiene nombre. El que abre el libro en la dedicatoria: Ana Belén. No es una musa abstracta. Enrique la describe con detalle físico concreto: “la perfección oval de tu rostro”, “el listón que lo ciñe” en el cabello recogido, “el sensual lunar de tu barbilla”. Esa minucia importa, porque separa el libro de la poesía amorosa genérica, donde cualquier “tú” podría ocupar el lugar de la amada. Aquí no. Ana Belén tiene un rostro específico, un gesto que se repite —“la torcedura de un tímido rojo en tus labios”—, un cuerpo que Enrique nombra sin rodeos. 

Por eso ella también es el punto donde el libro resuelve su propio contraste. El cosmos y la cocina no se cruzan por accidente: confluyen en ella. Cuando Enrique escribe “auroras boreales en los ojos” y dos versos después “un par de hijos hermosos”, describe a la misma persona, en el mismo poema, sin transición. Ana Belén es huracán y es desayuno servido. Es la razón por la que el poeta desciende de las estrellas; y es quien está ahí cuando pisa tierra. Sin ella, el contraste cósmico-doméstico sería un truco de estilo. Con ella, es una biografía. 

La atmósfera de esa biografía tiene, además, una banda sonora declarada. El prólogo señala que Disintegration de The Cure acompaña el libro, y eso explica el claroscuro. Hay páginas enteras de derrumbe, de lágrimas, de un estado que el propio Enrique llama “natural” en el poema “Hoy”. Pero esa oscuridad no se queda en la bruma: se ancla en imágenes nítidas, como en “Frente a tu casa”, donde el muro del edificio de obreros es testigo silencioso de un amor adolescente. 

Ahora Cosas simples ya está en circulación, con edición de Ruleta Rusa y portada tomada del Gottorfer Codex. Vale la pena leerlo completo, de un tirón, para sentir el arco entero de esta historia de amor de tres décadas. 

Enrique escribe desde León. Publica cuando quiere. No pasa por las editoriales grandes ni por los cuates de Cultura. Hay que voltear a mirar hacia otro lado para encontrar literatura de alto octanaje. Lean a los outsiders. Lean a Enrique. 

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