En una reunión, hace muchos años, con la directora de Deutsche Welle para Latinoamérica, surgió un tema inevitable: el rating. Hablábamos de cifras, de audiencias, de qué funciona y qué no en las plataformas actuales. Alguien mencionó el impacto de ciertos documentales «virales», esos que acumulan clics pero dejan poco rastro. Ella escuchó en silencio y luego dijo algo que me sigue resonando: «La visión ética de los medios públicos no está en la popularidad, sino en mirar lo que otros no ven y necesita decirse».
Ahí, en esa frase, hay una brújula para quienes nos dedicamos a contar lo real.
La búsqueda de sentido en un caos visual

En un mundo saturado de pantallas y relatos fragmentados, el documental parece estar en todas partes. Hay documentales en Netflix, en TikTok, en festivales de cine y en cuentas anónimas de Instagram. La democratización tecnológica ha transformado a millones de personas en potenciales narradores de la realidad. Algunos conmueven. Otros informan. Muchos simplemente pasan. ¿Qué distingue entonces a un documental memorable de uno que apenas se suma al ruido?
La respuesta, creo, está en el hallazgo.
No hablo del dato revelador ni del testimonio impactante. Me refiero a ese instante inesperado en el que algo se quiebra o se ilumina. Puede ser un silencio cargado de sentido, una mirada que contradice el discurso o una escena que deja al espectador con una pregunta que no sabía que tenía. El hallazgo no es decorativo. Es esencial. Es lo que convierte una pieza audiovisual en una experiencia transformadora.
El documental frente al reportaje: dos miradas, dos tiempos

A menudo se confunde el documental con el reportaje periodístico extendido. Ambos abordan la realidad, pero lo hacen desde lugares radicalmente distintos. El reportaje está atado a la inmediatez, a la noticia, a responder las preguntas fundamentales: qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. Su valor radica precisamente en la claridad informativa y en esa honesta pretensión de objetividad.
El documental, en cambio, habita otra temporalidad. No persigue la noticia sino la comprensión. No busca informar, sino provocar un encuentro. Sus preguntas son más incómodas: ¿qué significa esto? ¿Cómo se siente? ¿Qué nos dice sobre quiénes somos? La estética en el documental no es un adorno; es su lenguaje. Un encuadre sostenido, una secuencia en silencio, un montaje que yuxtapone tiempos distintos… estos elementos no son recursos decorativos, sino herramientas para pensar visualmente, para construir sentido más allá de lo evidente.
Recuerdo una proyección donde un espectador se quejó porque un documental sobre la crisis migratoria «no explicaba bien las causas políticas». Tenía razón desde la lógica del reportaje. Pero ese documental no buscaba explicar —para eso están los informes, los artículos, los libros de análisis—. Buscaba algo más sutil y tal vez más necesario: hacernos sentir el peso del tiempo en un centro de detención, la textura del miedo, la dignidad que sobrevive en los gestos mínimos. Su verdad no estaba en los datos, sino en la experiencia estética que construía.
El reportaje responde a la urgencia del presente; el documental dialoga con lo que permanece bajo esa superficie agitada. Y es precisamente en esa diferencia donde radica su fuerza complementaria: necesitamos ambas miradas para comprender nuestro mundo.
El hallazgo como revelación y responsabilidad
Los grandes documentales no solo nos muestran el mundo: nos lo hacen redescubrir. Cuando Edward R. Murrow emitió Harvest of Shame en 1960, no presentó una novedad, sino una evidencia que nadie quería ver: la miseria de los trabajadores agrícolas migrantes en Estados Unidos. Ese hallazgo –no el hecho en sí, sino el modo de contarlo, de enfrentarlo– generó un sacudón ético en millones de hogares.
Décadas después, The Act of Killing (2012) nos obligó a mirar de frente algo aún más perturbador: la capacidad humana de convivir con sus crímenes como si fueran trofeos. Esa película no denunció, sino que reveló. Y lo hizo dejando que el horror emergiera por su cuenta, sin sermones ni juicios apresurados.
En nuestro contexto latinoamericano, pienso en obras como La batalla de Chile de Patricio Guzmán. Lo extraordinario no fue solo documentar el golpe de estado contra Salvador Allende —un hecho que numerosos reporteros cubrían— sino capturar ese momento preciso en que un camarógrafo filma su propia muerte a manos de militares. Ese hallazgo involuntario se convirtió en testamento visual de todo un período histórico.
O más recientemente, Tempestad (2016) de Tatiana Huezo, donde la cineasta salvadoreña-mexicana encuentra una forma de narrar el horror del tráfico humano y la corrupción institucional mexicana sin mostrar una sola escena explícita de violencia. El hallazgo está en ese contrapunto entre las voces que narran lo indecible y las imágenes cotidianas que acompañan el relato. Es precisamente en esa tensión donde emerge una verdad más profunda que cualquier recreación sensacionalista.
La paciente espera del momento revelador

A veces, el hallazgo llega después de meses o años de paciente observación. Pienso en Cocalero (2007) de Alejandro Landes, donde seguir a Evo Morales durante su campaña presidencial permitió capturar no solo su ascenso político, sino también esos momentos íntimos y contradictorios que revelaban la compleja transformación de un líder sindical en estadista.
O en el trabajo de la colombiana Marta Rodríguez, quien durante más de cinco décadas ha documentado comunidades indígenas y campesinas. En Testigos de un etnocidio (2011), el hallazgo no está en la denuncia explícita, sino en la acumulación de miradas, gestos y testimonios recogidos a lo largo de 40 años que, juntos, componen un mosaico de resistencia cultural imposible de fabricar artificialmente.
El hallazgo, entonces, no es casualidad. Es el resultado de una búsqueda sostenida, de una mirada atenta y, sobre todo, de una ética de la escucha. Como documentalista, he aprendido que las mejores revelaciones suelen ocurrir cuando apago la cámara o cuando espero un poco más después de que parece que ya terminó la entrevista.
La responsabilidad de ver más allá
En tiempos donde la facilidad tecnológica ha democratizado la producción audiovisual, el riesgo es pensar que basta con grabar para documentar. Pero la saturación de imágenes no garantiza profundidad. El documental, como lenguaje, exige algo más que acceso y herramientas. Exige una mirada que sepa esperar, que se atreva a dudar y que esté dispuesta a descubrir lo que no estaba previsto.
El documental Nostalgia de la luz (2010) del mismo Guzmán encontró una conexión impensada entre los astrónomos que buscan estrellas en el desierto de Atacama y las mujeres que, en ese mismo desierto, buscan restos de sus familiares desaparecidos por la dictadura. Ese paralelismo —ese hallazgo— no estaba en el guion inicial. Surgió de la inmersión prolongada en el territorio y de una pregunta genuina sobre qué une a quienes miran hacia arriba y a quienes escarban en la tierra.
Hoy más que nunca, necesitamos documentales que se tomen en serio la pregunta: ¿qué hay aquí que todavía no hemos visto? Porque sin hallazgo, lo que queda es solo repetición. Y la repetición, aunque disfrazada de verdad, rara vez transforma.
La paciencia como método
El documentalista brasileño João Moreira Salles lo expresó de manera brillante en una conferencia: «La cámara no encuentra, la mirada encuentra. La cámara solo registra lo que la mirada ya descubrió». En su documental Santiago (2007), el hallazgo más profundo fue reconocer su propio fracaso como director, admitiendo cómo su posición de privilegio había condicionado su relación con el protagonista, un antiguo mayordomo de su familia.
Ese tipo de honestidad —ese hallazgo sobre uno mismo— es quizás el más difícil y el más necesario.
La velocidad actual del consumo audiovisual conspira contra la paciencia que requiere el verdadero hallazgo. Las plataformas premian lo inmediato, lo explícito, lo que confirma nuestras creencias preexistentes. Pero los documentales que perduran son precisamente aquellos que nos invitan a detenernos, a dudar, a mirar de nuevo.
Un compromiso renovado con la mirada
Quizás ese sea el mayor desafío —y la mayor responsabilidad— para quienes narran la realidad: no dar por sentada la mirada. Buscar hasta encontrar. Grabar menos y ver más. Porque cuando un documental da con algo genuino, el espectador no solo lo entiende. Lo siente. Y, a veces, cambia.
En mis propios proyectos, intento recordar las palabras de esa directora: mirar lo que otros no ven y necesita decirse. No es fácil. A menudo, la presión por entregar, por cumplir plazos, por satisfacer expectativas, nos empuja hacia lo seguro, lo previsible. Pero cuando logro resistir esa tentación y esperar lo suficiente, algo emerge. Algo que no estaba buscando y que, sin embargo, estaba ahí, esperando ser descubierto.
Y quizás esa sea la paradoja esencial del documental: solo encuentra quien está dispuesto a perderse un poco. A abandonar certezas. A esperar sin garantías.
En un mundo que premia la eficiencia y los resultados inmediatos, hay algo revolucionario en esa espera atenta. Algo que nos recuerda que la realidad no se conquista. Se revela, fragmento a fragmento, a quien tiene la humildad suficiente para asombrarse.