«Queremos publicar. Queremos lectores. Queremos que alguien confirme que las horas dedicadas a una novela no fueron una extravagancia privada. Nos gustan las reseñas favorables, las invitaciones, las fotografías, los premios, los brindis y los aplausos. Negarlo suele ser una forma refinada de vanidad. Un camino en el que se defiende más el espejismo que el oasis.
No hay nada vergonzoso en querer ser leído. La literatura necesita circulación. Un libro que nadie abre puede ser un objeto perfecto, pero ha perdido una parte esencial de su razón de existir.
El problema comienza cuando el reconocimiento deja de ser una consecuencia posible del trabajo y se convierte en su principal combustible. Entonces cambia la relación con la página. Es una golosina que solo se promete a los tontos. Cada texto empieza a parecer una solicitud de admisión.¿Será publicable? ¿Gustará? ¿Servirá para un premio? ¿Coincidirá con aquello que en este momento parece interesar a editoriales, jurados, suplementos, festivales? Son preguntas legítimas en ciertas etapas del proceso editorial, pero resultan corrosivas cuando se sientan junto al escritor desde la primera frase.»
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Categoría: Journal
Esta historia va, más o menos, así. Hubo un tiempo en que soñaba con ser futbolista. Cambiaba sin pensarlo las horas de tarea por las tardes enteras de…
En la era digital, los periodistas enfrentan la influencia de la inteligencia artificial, que transforma el mundo de la información. Las máquinas procesan datos y generan contenido, pero surgen dilemas sobre la autenticidad y la verdad. La alfabetización digital es crucial, ya que distinguir entre real y falso se vuelve vital para el periodismo del futuro.
La burocracia moderna no es un error de cálculo; es el órgano vital del sistema. Este ensayo rastrea la herencia que va del laberinto de Kafka al cinismo de Graeber para explicar cómo el sopor institucional terminó por convertirse en una técnica de defensa. En el mundo de la oficina, la excelencia es una amenaza, una anomalía que los mandos medios deben extirpar para no alterar el orden del letargo. Aquí, el progreso no camina: aguarda en una fila infinita, suspendido en el aire viciado de las salas de espera, mientras el Sapiens, domesticado por el sello y el formulario, aprende a preferir el refugio del trámite al riesgo de la intemperie.
La madurez deja de ser una cifra en el documento de identidad para revelarse como una geografía incierta y fértil. A través de sus páginas, el autor nos sitúa en esa grieta donde el tiempo deja de ser un medio invisible y se vuelve, por fin, tangible. Ya no se trata de la carrera frenética de la juventud, sino de una tensión más profunda: el pulso entre la tentación de la «neomanía» —esa urgencia moderna por reiniciarnos como si fuéramos un software defectuoso— y la sabiduría de la ramificación.
Lejos de los clichés sobre el declive, este ensayo nos invita a mirar el pasado no como un lastre, sino como el combustible necesario para una vida con más peso. La madurez no es el cierre de una puerta, sino el momento en que la repetición se convierte en maestría y la experiencia nos permite habitar el presente con una atención educada. Es una invitación a dejar de buscar lo nuevo para empezar, finalmente, a encontrar lo esencial: una primavera que no niega el otoño, sino que florece gracias a él.
La neomanía nos vende la transformación perpetua como imperativo moral. Pero el cambio constante no es progreso: es amnesia institucionalizada. Entre los cincuenta y la vejez habitamos un intervalo extraño donde coexisten memoria larga y deseo vivo. El desafío no es elegir entre continuidad y ruptura, sino discernir cuándo cada una es necesaria.
La vida no es un ensayo, y renunciar a un empleo no es un acto de locura. Es una decisión lógica, basada en principios inquebrantables. La construcción del «círculo de dignidad» es fundamental para evitar el desgaste emocional. Sin embargo, este camino trae soledad y decepciones, aunque también ofrece una paz interna valiosa.
Una exploración del efecto tercera persona de Davison en la era digital, donde todos creemos ser inmunes a las fake news mientras vemos a otros como crédulos. Miramos…
El Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares me enseñó que la escritura no es una carrera hacia el reconocimiento, sino una conversación íntima entre el escritor y el lector. Comprendí que debía escribir con sinceridad sobre lo que realmente me importaba, sin perseguir premios ni ideales ajenos.
El texto explora la obsesión moderna por el cierre emocional y las narrativas completas, contrastándola con la estética del wabi-sabi y la belleza de lo inacabado. Se argumenta que lo incomplete puede ofrecer una forma superior de expresividad y profundidad vital.
El Curandero» cuenta la historia de un hombre que acepta vivir en territorio ambiguo, que opera en los márgenes, donde las certezas se desmoronan y las buenas intenciones se vuelven irrelevantes. Su historia es nuestra historia: la de un país entero aprendiendo a navegar espacios donde no existen mapas confiables.
La nostalgia que exploramos aquí no es melancolía por «tiempos mejores», sino algo más preciso: el duelo por una forma de experiencia que ha mutado hasta volverse irreconocible.
En una reunión, hace muchos años, con la directora de Deutsche Welle para Latinoamérica, surgió un tema inevitable: el rating. Hablábamos de cifras, de audiencias, de qué funciona…
John Fox destaca que uno de los errores fatales en la escritura es crear para escritores en lugar de para lectores, creando un «solipsismo literario». Este fenómeno se alimenta de talleres y programas académicos, relegando al lector común. La verdadera escritura debe conectar con un amplio público, no solo impresionar a pares literarios.
