“El curandero»

por

in

, ,

La primera vez que Ramón Hortera cruzó mi escritorio, llegó en tres páginas arrugadas. Un cuento para "Horterada; cuentos malsines" que escribí sin pensarlo demasiado, como quien se rasca una picazón persistente. El personaje entonces tenía cuarenta y un años, nudillos marcados por peleas perdidas, se resistía a usar armas y derrotaba oponentes a puño limpio. Su forma de ver el mundo me incomodaba por lo familiar.
Pensé que publicar el cuento habría terminado con él.
Me equivoqué.
Tiempo después lo revivieron para una antología, "Una cierta alegría", gracias a Jorge Olmos. La inquietud creció. Tal vez enfrentaba un personaje tóxico. Un chantajista literario. Me convencí de que respiraba. Le proporcioné oxígeno parcial y envié pequeños textos de Ramón Hortera al suplemento Tachas. Mi querido Polo me abrió ese espacio durante meses.
Sin reflexionarlo, envié una versión extraña —una aventura casi pornográfica— a un concurso que convocaba El Corte Inglés junto a una editorial, Book and You. Perdí comunicación por meses, hasta que un correo extraño me avisó: la novela había quedado finalista y me editarían esa historia con el Hortera joven. Solicitaron una dirección en España para enviar los volúmenes impresos.
Enseguida les envié la dirección de un viejo amigo madrileño. Le pedí que los recibiera. Meses después, el cabrón me confesó que se había mudado y no sabía nada de mis libros. Me comuniqué con el concurso —me dijeron que los habían entregado en la dirección proporcionada. Espero que el desconocido los haya leído. Todo resultó extraño.
Lo dejé dormir. Que madurara.
Durante meses, Hortera merodeó por mi cabeza como un inquilino que se niega a desalojar. Lo encontraba en conversaciones casuales, en noticias del periódico, en reflejos de ventanas empañadas por la lluvia. Su voz se colaba en otros textos, saboteaba personajes ajenos.
El escritor mexicano enfrenta una paradoja cruel: vivimos en un país que funciona como novela noir perpetua. Cada mañana, los periódicos despliegan tramas que harían sonrojar a Raymond Chandler. Corrupción ramificada como sistema nervioso enfermo, violencia operando con lógica propia, personajes reales más inverosímiles que cualquier ficción.
¿Cómo escribes noir donde la realidad ya lo es?
Durante dos años, la pregunta me paralizó. Cada vez que abría el documento de Hortera, las noticias del día gritaban su superioridad narrativa. Sicarios firmando crímenes, políticos confesando en vivo, empresarios desapareciendo con teatralidad de magos baratos.
La realidad mexicana me había vuelto mediocre.
Entonces cometí el error de escritores jóvenes fascinados por el género: intenté escribir como las películas que amaba. Bogart susurrando en blanco y negro, Philip Marlowe caminando por calles mojadas, detectives fumando mientras resolvían casos con la elegancia de un bailarín.
Los primeros borradores de "El Curandero" apestaban a imitación, a seguir un canon para mexicanizarlo.
Hortera hablaba como si hubiera consumido demasiado cine americano. Los diálogos sonaban traducidos del inglés, los conflictos seguían fórmulas que funcionaban en Los Ángeles, pero se desmoronaban en Guanajuato. El personaje que me había obsesionado se convertía en un maniquí disfrazado de detective duro. La palabra "detective" me sonó a obsolescencia programada, a pescado podrido. Eso de "lo privado" en el siglo XXI es una entelequia.
Guardé el manuscrito durante seis meses.
Cuando lo retomé, algo había cambiado. O tal vez había cambiado yo. Dejé de intentar que Hortera fuera Marlowe con acento mexicano y permití que fuera lo que siempre había sido: un curandero urbano que arregla problemas con métodos que la ley prefiere ignorar. ¿Nos ha invadido la corrupción?
El cambio de perspectiva lo transformó todo.
Hortera no investiga crímenes; los vive. No desentraña misterios; sobrevive en ellos. Su oficio no es descubrir verdades, sino administrar consecuencias. La distinción resultó fundamental: escribía sobre un hombre que habita el caos, no sobre alguien que lo resuelve.
Escribo y sueño con Guanajuato. Mi Guanajuato. Ni modo que escriba de Oslo, Checoslovaquia o Madrid. Guanajuato dejó de ser un decorado pintoresco para convertirse en un laberinto psicológico. Los callejones empedrados se volvieron metáfora de decisiones que nos atrapan, la arquitectura colonial reflejó la persistencia del pasado en el presente. La ciudad y el personaje se fundieron hasta volverse inseparables.
Pero el verdadero descubrimiento llegó cuando entendí que el mejor misterio no es whodunit sino whydunit.
Los lectores de noir buscan respuestas. Quieren saber quién mató a quién, por qué, con qué arma, en qué momento exacto. Esperan que el detective ate cabos sueltos y restaure el orden moral del universo.
La vida no funciona así.
Brukner dice: "La vida humana se desarrolla exactamente al contrario que una novela policiaca: conocemos el final, sabemos quién es el culpable, no queremos confundirlo, incluso ponemos todo nuestro talento en no desenmascararlo."
La vida presenta misterios que no se resuelven sino que se padecen. Personas que amamos y nos traicionan sin que lleguemos a entender por qué. Decisiones que tomamos por razones que se nos escapan. Consecuencias que llegan años después de causas olvidadas.
"El Curandero" se convirtió en una exploración de esos misterios irresolutos.
Hortera, no encuentra todas las respuestas porque yo tampoco las tengo. Su relación con la pelirroja reproduce patrones de atracción autodestructiva que reconozco en mí mismo sin lograr explicarlos. Su incapacidad para escapar de ciclos de violencia refleja dinámicas nacionales que vivo, pero no comprendo.
El personaje me escribía a mí.
Cada capítulo se volvió un ejercicio de autoconocimiento disfrazado de entretenimiento. Los problemas de Hortera eran mis problemas amplificados hasta volverse narrativos. Sus cicatrices físicas traducían heridas emocionales que prefiero no examinar directamente. Su búsqueda desesperada de redención espejaba mi propia necesidad de encontrar sentido en decisiones que no logro justificar.
Escribir noir guanajuatense me enseñó que vivimos en claroscuro permanente.
No hay héroes puros ni villanos absolutos, solo personas tomando decisiones complicadas en circunstancias que las rebasan. Egos inflados. Pequeñas pantallas que nos amplifican y distorsionan hasta el último capítulo. El país entero opera en zona gris donde la supervivencia exige compromisos morales que nadie quiere admitir. Hortera habita esa zona con una honestidad brutal que preferimos evitar en la vida real.
Terminar la novela no cerró el misterio; lo profundizó.
Sigo sin entender por qué Hortera me eligió como cronista de su historia. Sigo sin resolver las contradicciones que hacen que personas fundamentalmente decentes tomen decisiones fundamentalmente destructivas. Sigo sin encontrar respuestas satisfactorias a preguntas que la novela plantea, pero no pretende resolver.
Tal vez ese sea el verdadero poder del noir: no iluminar las sombras, sino enseñarnos a habitarlas.
"El Curandero" cuenta la historia de un hombre que acepta vivir en territorio ambiguo, que opera en márgenes donde las certezas se desmoronan y las buenas intenciones se vuelven irrelevantes. Su historia es nuestra historia: la de un país entero aprendiendo a navegar espacios donde no existen mapas confiables.
Ramón Hortera ya no me persigue. Ahora caminamos juntos por callejones que ninguno de los dos entiende por completo, pero que ambos reconocemos como hogar.

«El Curandero» cuenta la historia de un hombre que acepta vivir en territorio ambiguo, que opera en los márgenes, donde las certezas se desmoronan y las buenas intenciones se vuelven irrelevantes. Su historia es nuestra historia: la de un país entero aprendiendo a navegar espacios donde no existen mapas confiables.


¿Has tenido personajes que se niegan a dejarte en paz? ¿Historias que te obligan a escribirlas? Me gustaría conocer tus experiencias con esas obsesiones creativas que se vuelven compañía permanente.