Círculo de dignidad

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La vida no es un ensayo, un montón de ejercicios que tienes a prueba para ver si llegas a un punto definido que el destino te tiene reservado. La verdad, no creo que estemos experimentando, como dicen los gurús de la nueva era, lo que hay que aprender para después de esta vida. No. La vida es en serio. Se compone de ratos, de tiempo, de recuerdos. Esto parece una verdad de Perogrullo. Una tarde en la oficina, decidí renunciar a mi empleo. Un empleo de título pomposo, de esos que suenan importantes en las tarjetas de visita, y una remuneración que pagaba las facturas con una comodidad francamente buena. Decidí hacerlo a los 50 años. Esa edad en la que la sociedad preconfigura lo que vamos a ser: máquinas, cíborgs. Más allá de los 50, entramos de lleno en la edad de las prótesis, de las gafas que ya no son de sol, de los audífonos que disimulamos, los marcapasos, las válvulas, los implantes y los chips que nos prometen una juventud de silicio. En esta jungla de egos que llamamos sociedad, a esa edad nos quedan al menos dos papeles estelares para elegir: convertirnos en el eterno conquistador de canas plateadas que se niega a envejecer, o en el sabio desencantado, un repartidor de profecías que se debate entre el comportamiento de un niño travieso y la gravedad de una estatua de mármol.

Yo elegí un tercer camino. Escogí el exilio.

Renunciar al trabajo no fue un simple cambio de empresa. Fue una lápida para una vida, una marca social indeleble. Cuando comuniqué mi decisión, el gremio entero de supuestos colegas, de contactos cultivados durante décadas, se cerró detrás de mí como una esclusa de acero. Se hizo el silencio. No era la primera vez que renunciaba a un trabajo, y tampoco era la primera vez que sentía el frío portazo de un mundo que solo te valora por tu utilidad presente. Dice Joaquín Sabina que «descubrí que estar quebrado no es el infierno de Dante, ni un currículo brillante la lámpara de Aladino…»

Renunciar consiste en dejar atrás las cosas que ya no te inspiran, los decorados que ya no forman parte de tu obra. Pero también renuncias a los compañeros, a esa extraña familia forjada en la cafeína y las fechas de entrega. De una u otra forma, sales de una comunidad y, en un instante, te conviertes en un paria. Un desertor. Y si has de ser un desertor, es mejor correr con todas tus fuerzas.

Mi huida no fue un acto impulsivo de locura de mediana edad. Fue la conclusión lógica de una reflexión que había tardado años en cristalizar y que, sin saberlo, había regido mi vida. La reflexión me llevó a un concepto que se convirtió en mi brújula y mi escudo: el círculo de dignidad.

Imagina que trazas una línea en el suelo a tu alrededor. No es un círculo mágico de tiza, ni una basofia de autoayuda. Es un área delimitada, un perímetro que tú y solo tú defines. Dentro de ese círculo está todo aquello que, para ti, no es negociable. Contiene tus principios más férreos y tus preferencias más íntimas, esas que no necesitas justificar ante nadie. Como el «círculo de competencia» del que hablan los inversores, lo crucial no es su tamaño, si es grande o pequeño, sino saber con una claridad meridiana dónde están sus límites.

No diseñé mi círculo de dignidad en una tarde de inspiración con un té de hierbas. Se fue concretando con el tiempo, como se forman los diamantes: bajo una presión inmensa. Lo forjé con cada mala decisión, con cada fracaso que me dejó sin aire, con las decepciones que me hicieron apretar los dientes hasta que dolían las encías y con las crisis que me obligaron a mirarme al espejo y preguntarme quién era el tipo que me devolvía la mirada. Requiere ser consciente, saber reconocer los principios que voy a defender hasta la muerte. Aquellos que nunca trazan este círculo carecen de fundamento; son hojas arrastradas por el viento de la opinión ajena, vulnerables a cualquier «mejor argumento» que pase por ahí.

Se basa en algo que hoy suena anticuado: los votos. Un voto, en su sentido original, era una promesa que no se podía romper bajo ningún concepto. Un compromiso total. ¿Flexibilidad? La flexibilidad en estos compromisos es el camino más rápido a la infelicidad. Es como intentar ser fiel a tu pareja solo al 98%. Esa pequeña grieta es suficiente para que todo se vaya a la mierda. Descubrí, a base de golpes, una verdad contraintuitiva: es infinitamente más fácil cumplir tus principios al 100% que al 98% o 99%. Si no hay opción de ceder, no hay debate interno. Te encadenas a tus votos, te vuelves intransigente en lo que importa, y esa rigidez te da una libertad que la flexibilidad jamás podrá ofrecer.

Y aquí viene la parte que hace cortocircuito al mundo moderno: las cosas dentro de tu círculo no tienen por qué ser justificables de manera racional. Si cada uno de tus principios pudiera ser desmontado y defendido con un PowerPoint y una hoja de Excel, tu vida carecería de cimientos reales. Estarías siempre a merced de que un charlatán más listo o con mejores gráficos te convenciera de abandonar tus convicciones. Hay cosas que simplemente son. Son tu núcleo. Punto.

Una vez que trazas el círculo, empieza la guerra. No una guerra de trincheras y barro, sino una batalla sutil, diaria, por proteger ese perímetro. Y se libra en tres frentes principales.

1. El ataque de los «mejores argumentos»

Pocos días después de mi renuncia, recibí la llamada de un colega. Un tipo brillante y persuasivo. «Ricardo», me dijo con ese tono de falsa preocupación paternalista, «lo he estado pensando. Entiendo que estés quemado, pero esto es un error estratégico. Tus habilidades, tu marca personal, se devaluarán fuera del circuito. Déjame que te presente una contraoferta. Seamos lógicos».

Su argumento era impecable. Racional. Lógico. Y completamente irrelevante.

Madurar no implica tener una opinión sobre todo. De hecho, a menudo implica saber cuándo cerrar la puta boca. Pero cuando tienes una convicción, una de las que viven dentro de tu círculo, debes poder defenderla. No necesariamente con datos y estadísticas, sino con la simple fuerza de tu integridad. Mi respuesta fue educada, pero firme. Le agradecí su tiempo. Colgué. Proteger mi círculo significaba aceptar que, desde su punto de vista, yo era un idiota. Y estar perfectamente en paz con ello.

2. El bombardeo constante de las «flechas envenenadas»

El segundo frente es más insidioso. No es un ataque directo, sino un asedio constante. Es la infoxicación digital, el goteo incesante de la publicidad que te dice que no eres suficiente, la presión social de las redes que exhiben una felicidad prefabricada, los consejos no solicitados de gente que no tiene ni idea de tu vida, la propaganda vestida de noticia y las tendencias que te empujan a ser quien no eres.

El teórico de la comunicación Neil Postman, en su libro Divertidos hasta morir, ya nos advirtió de que la tiranía del futuro no vendría con botas militares, sino con una sonrisa en la cara y un aluvión de entretenimiento trivial. Esas son las flechas envenenadas de hoy. Cada una de ellas, por pequeña que sea, busca perforar tu círculo. Dañan tu autoestima, debilitan tu sistema inmunológico emocional. La sociedad, por su naturaleza, valora la cohesión. Aborrece al individuo que se rige por un código interno, porque lo ve como una amenaza a la homogeneidad del rebaño.

Defenderte de esto es agotador. Pero cada vez que paras una de esas flechas, cada vez que dices «no» a una tendencia estúpida o apagas el ruido para escuchar tu propia voz, sientes una fuerza inmensa crecer dentro de ti. He llegado a llorar, literalmente, no de tristeza, sino de pura felicidad al sentir la solidez de ese muro interior que había construido. Esa resonancia interna es el verdadero premio.

3. La tentación del diablo: «el acuerdo»

Este es el ataque más peligroso: el pacto fáustico. The deal. Si no tienes tu círculo claramente definido, cada nueva oferta, cada oportunidad, te obliga a una agotadora deliberación interna. «¿Acepto este proyecto que choca con mis valores, pero paga increíblemente bien?» «¿Colaboro con esta marca que no respeto a cambio de visibilidad?» Cada una de estas negociaciones internas erosiona el respeto por ti mismo y, a la larga, tu reputación.

La economía moderna ha logrado algo perverso: hacer negociable lo que antes era sagrado. Tu tiempo, tu atención, tus datos, tu cuerpo. Todo tiene un precio. Las cosas dentro de tu círculo de dignidad, sin embargo, no son negociables por ninguna cantidad de dinero. Aceptar un trato que lo viole es, sin metáforas, hacer un pacto con el diablo. Es vender tu alma no por la inmortalidad o el conocimiento absoluto, sino por un puñado de pesos o un poco más de engagement.

Hace muchos años, me ofrecieron dirigir la comunicación de una empresa cuyos productos mediáticos consideraba éticamente dudosos. La cifra era mareante, suficiente para no tener que preocuparme por el dinero. Dije que no. La persona al otro lado del teléfono no lo entendía. «¿Hay algo que podamos hacer? ¿Más dinero? ¿Menos horas?». No entendía que el problema no era el precio. El problema era que mi «sí» no estaba en venta.

Defenderse de esto implica hacerse preguntas incómodas. ¿Hay algo sagrado para ti? ¿Venderías un riñón? ¿La vida de tu perro? ¿Tu tiempo con tus hijos? ¿Tus opiniones más profundas? Si la respuesta a algo es «no, por nada del mundo», enhorabuena. Acabas de encontrar uno de los pilares de tu círculo.

Construir y defender este círculo tiene un coste. Un coste emocional altísimo. No es gratis. Tienes que estar dispuesto a pagar el precio. Y el precio es este:

Vas a decepcionar a gente. A gente que quieres y que te quiere.

Vas a lastimar y ofender a otros, a menudo sin quererlo.

Y, por supuesto, tú también serás decepcionado, lastimado e insultado.

Es el peaje inevitable. Solo las marionetas y los psicópatas viven sin generar conflictos. Si el famoso Malcolm Gladwell habló de «diez mil horas» para alcanzar la maestría en una habilidad, yo digo que definir tu Círculo de Dignidad requiere «diez mil heridas». Cada cicatriz es el tatuaje de una batalla que libraste por ser tú mismo. Cada portazo en la cara, cada amigo perdido, cada oportunidad «dorada» que se rechaza es una capa más de blindaje para tu núcleo.

La soledad que sentí al principio fue abrumadora. El teléfono dejó de sonar. Las invitaciones desaparecieron. Me convertí en una anécdota en las comidas de empresa: «¿Te acuerdas de Ricardo? Sí, el que lo mandó todo al carajo. Pobre hombre, se le fue la cabeza». Virginia Woolf escribió sobre la necesidad de Una habitación propia para que una mujer pudiera escribir. Yo descubrí la necesidad de un «círculo propio» para poder vivir.

Y entonces, ¿qué queda después del incendio? ¿Después de quemar los puentes y bailar sobre las cenizas?

Queda una extraña calma. Una tranquilidad interior que no se parece en nada a la felicidad bulliciosa que nos venden. Es una paz que nace de la coherencia. Mis acciones, mis palabras y mis pensamientos empezaron, por fin, a remar en la misma dirección. La disonancia cognitiva que me había acompañado durante años, esa sensación de ser un actor en mi propia vida, se desvaneció.

Un círculo de dignidad pequeño, intocable y bien trazado es, he llegado a creer, indispensable para una buena vida. No te garantiza el éxito, ni la riqueza, ni la admiración universal. Te garantiza algo mucho más valioso: poder mirarte al espejo cada mañana y no sentir asco.

Hoy no tengo un cargo de título pomposo. Mis espacios de trabajo se han reducido a un puñado de personas en las que confío de verdad. A veces, la cuenta del banco baja más de lo que me gustaría. No todo se trata de renunciar. Me quedo con esta cita de Peterson: «Sé fiel a ti mismo», señala Polonio en Hamlet de Shakespeare. Ese ser mismo —esa mente equilibrada— es en verdad el arca que nos cobija cuando arrecia la tormenta y el nivel del agua sube. Contravenir sus preceptos —sus creencias fundamentales— es llevar nuestro propio barco hacia el iceberg.