La cortesía de lo exacto
«La principal causa de la mala escritura es la incapacidad de imaginar lo que es no saber algo que uno sí sabe.»
Steven Pinker.
En 2017, un grupo de investigadores de la Universidad de Waterloo publicó un estudio que revelaba algo incómodo: los textos académicos más difíciles de leer no eran necesariamente los más profundos. Los autores que puntuaban más alto en escalas de oscuridad gramatical tendían a obtener menos citas. La complejidad innecesaria no impresionaba a los pares; los alejaba. El hallazgo parecía confirmar una sospecha vieja, formulada con elegancia terminal por Ortega y Gasset décadas atrás: «La claridad es la cortesía del filósofo»
Escribo esto desde una trinchera particular. Llevo treinta años dedicado a las palabras: he sido lector, escritor, editor y cómplice de mis propios atajos. No me ha faltado la tentación de esconderme tras frases bonitas pero vacías; a veces he cedido. Recuerdo párrafos que parecían ingeniosos, pero no decían nada. He confundido la densidad con la profundidad, el ornamento con el argumento. Admitir esa trampa es incómodo, pero mostrarla es el primer paso para desarmarla.
Lo que quiero explorar aquí no es un simple elogio de la brevedad, lo cual, irónicamente, sería simplista. Quiero examinar por qué la claridad exige más esfuerzo intelectual que la oscuridad, por qué la concisión es un acto de rigor y no de pereza, y por qué confundir lo hermético con lo profundo es uno de los vicios más persistentes de nuestra cultura escrita. ¿Qué ocurre cuando una cultura comienza a valorar la forma en que algo se dice por encima de lo que realmente se dice? ¿Qué ideas, debates o avances perdemos cuando confundimos el prestigio de lo inaccesible con la profundidad de lo verdadero? La claridad no es solo una cuestión de estilo; es una responsabilidad ética hacia quienes nos leen.
Hay una frase de Blaise Pascal que se ha convertido en lugar común precisamente porque captura una verdad que todo escritor reconoce en las tripas: «He redactado esta carta más extensa porque no he tenido tiempo de hacerla más breve». Parece una disculpa menor, una nota al margen. Pero contiene, comprimida, toda una teoría de la escritura
Pascal describe un proceso que cualquier editor conoce. El primer borrador de un texto es largo porque el pensamiento todavía no ha terminado de ocurrir. Las ideas aparecen desordenadas, con sus andamios a la vista, con redundancias que el autor necesitó para entenderse a sí mismo, pero que el lector no necesita presenciar. Editar y editar de verdad significa retirar esos andamios sin que la estructura se venga abajo. Es el acto de afilar una frase bruta hasta que exprese lo esencial con la menor cantidad de palabras posible. Por ejemplo, transformar: «En este momento voy a proceder a explicar el punto que mencioné anteriormente y que considero de suma importancia para entender el resto del texto» en «Ahora explico el punto clave». Ahí puede verse cómo el trabajo de edición condensa y depura sin traicionar el sentido. Significa encontrar el punto exacto en el que cada palabra paga su renta en la oración.
Eso no es fácil. Requiere dominio del tema que va más allá de la comprensión superficial. Para condensar una idea en tres líneas, necesitas haberla entendido desde múltiples ángulos, haber descartado las formulaciones que solo parecían funcionar y haber llegado al hueso. La extensión, en cambio, perdona. Un texto largo puede darse el lujo de rodear una idea sin tocarla, de sugerir comprensión mediante la acumulación de palabras en lugar de la precisión conceptual.
Steven Pinker, en The Sense of Style, identifica el mecanismo psicológico detrás de la mala escritura con una claridad que resulta, ella misma, ejemplar. Lo llama «la maldición del conocimiento»: el escritor que domina un tema pierde la capacidad de imaginar cómo se ve ese tema desde fuera. El experto sabe qué significa «utilización instrumental de recursos cognitivos»: simplemente usar tu cerebro para resolver problemas. Pero ya no recuerda que el lector no lo sabe. Imaginemos un breve diálogo:
—¿Qué quiere decir con “utilización instrumental de recursos cognitivos”?
—Significa emplear tus capacidades mentales para resolver tareas o problemas concretos.
—¿Y por qué no escribe eso desde el principio?
Esta brecha entre las dos formas de decir lo mismo es el punto ciego que señala Pinker: el experto escribe desde su perspectiva de iniciado, olvidando lo poco que esas palabras pueden significar para quien se acerca por primera vez. Así produce textos que parecen profundos solo porque resultan impenetrables.
Lo devastador del diagnóstico de Pinker es que desmonta la coartada favorita del escritor oscuro. No se trata de que el tema sea demasiado complejo para explicarlo con sencillez. Se trata de que el autor no realizó el trabajo de traducción. La complejidad del mundo es real; la complejidad innecesaria de un texto es una falla del oficio.
Aquí necesito trazar una línea que considero fundamental, porque, sin ella, todo lo anterior se convierte en una defensa del simplismo, que es precisamente lo contrario de lo que propongo.
El simplismo recorta la realidad. Opera por eliminación de matices: ignora las excepciones, aplana las contradicciones, ofrece respuestas lisas a problemas rugosos. Es la diferencia entre decir «la economía funciona como un presupuesto doméstico» —lo cual es falso y elimina toda la complejidad relevante— y explicar con claridad por qué esa analogía no funciona, señalando qué se pierde al emplearla.
La claridad, en cambio, condensa la complejidad sin destruirla. Un texto claro puede —y debe— admitir que un problema tiene múltiples dimensiones, que las respuestas son provisionales, que hay zonas de incertidumbre. Lo que no puede hacer es disfrazar esa complejidad con sintaxis retorcida y jerga gratuita. La diferencia está en quién asume el esfuerzo: si el autor lo asume durante la edición, el resultado es un texto claro que respeta la inteligencia del lector. Si lo delega al lector, el resultado es un texto oscuro que confunde la dificultad de lectura con la del tema.
Pienso en cómo Darwin escribió El origen de las especies. El libro aborda una de las ideas más revolucionarias de la historia humana, una idea que contradecía siglos de pensamiento teológico y filosófico, y lo hace con una prosa tan transparente que un lector atento de 1859, sin formación científica, podía seguir el argumento completo. Darwin no simplificó la selección natural; la explicó con paciencia, con ejemplos concretos, con una arquitectura expositiva que guía al lector paso a paso. La dificultad estaba en aceptar la idea, no en descifrar la prosa. Algo similar ocurre en otras tradiciones: Confucio, por ejemplo, defendía la claridad y la sencillez en el discurso, convencido de que la virtud se transmite mejor por palabras legibles que por misticismos. Esto sugiere que la búsqueda de claridad en la expresión no es un valor exclusivamente occidental, sino una ambición intelectual presente en distintas culturas.
Compárese con cierta tradición académica contemporánea donde un concepto relativamente manejable aparece envuelto en capas de abstracción que lo vuelven irreconocible. No siempre es deshonestidad. A veces es la maldición del conocimiento que describió Pinker; a veces es la presión institucional de sonar «serio»; a veces es un mimetismo inconsciente, se escribe como se ha leído, y si se ha leído prosa oscura durante años, la oscuridad empieza a parecer normal. Pero también hay incentivos sistémicos más allá del individuo: los sistemas de evaluación académica privilegian la densidad, la jerga y la apariencia de dificultad, premiando publicaciones que suenan complicadas y dificultando el reconocimiento a quienes apuestan por la claridad. Dentro de este contexto, la prosa oscura no es solo un vicio personal, sino una respuesta adaptativa a las reglas del juego. El resultado, sin embargo, es el mismo: un lector que abandona el texto no porque no pueda entender la idea, sino porque no puede entender la oración.
También hay una dimensión estética que me interesa, porque creo que la claridad no es solo un valor ético o pedagógico. Es un valor artístico.
La prosa clara se parece a la arquitectura funcionalista en su mejor versión: cada elemento cumple una función, y la belleza emerge de la proporción, no del adorno. Una oración limpia tiene ritmo. Tiene cadencia. Permite que el lector avance sin tropezar y, al mismo tiempo, se detenga donde el autor quiso que se detuviera. Esa experiencia, la de un pensamiento que se despliega sin fricción innecesaria, produce un placer intelectual específico que la prosa recargada no puede ofrecer. Pero este placer no es solo estético: la psicolingüística ha mostrado que la fluidez verbal reduce la carga cognitiva del lector y facilita la comprensión, activando patrones cerebrales asociados con la facilidad y el bienestar. Es decir, la belleza de la prosa clara tiene un correlato fisiológico; el texto fluido no solo embellece la lectura, sino que literalmente hace respirar mejor al cerebro.
El adorno gratuito funciona como el ruido en una grabación de música: distrae de la señal. Una metáfora que no ilumina nada estorba. Un adjetivo que no aporta información resta velocidad. Un tecnicismo que podría sustituirse por una palabra común sin perder precisión constituye un acto de vanidad del autor a expensas del lector. Cada decisión estilística debe responder a una pregunta sencilla: ¿esto sirve al argumento o sirve a mi ego?
Existe un vicio contemporáneo —alimentado en parte por la academia, en parte por las redes sociales, en parte por una concepción equivocada de lo que significa «escribir bien»— de confundir la prosa recargada con la alta literatura o con el pensamiento superior. Es un vicio seductor porque invierte la carga de la prueba: si no entiendes lo que escribo, el problema es tuyo, lector, no mío. El autor se blinda tras la opacidad. Cualquier crítica puede descartarse como insuficiencia del receptor.
Defender la claridad es, en este contexto, algo más que una postura estética valiente: es un acto de transparencia que exige coraje. Significa renunciar a la red de seguridad que ofrece la oscuridad. Un argumento breve y directo no tiene dónde esconderse; deja en evidencia cualquier idea débil, cualquier salto lógico, cualquier generalización que no resiste el escrutinio. Escribir claro es escribir desnudo. Pensemos en Hannah Arendt, que tras la publicación de Eichmann en Jerusalén sufrió una oleada de críticas feroces no solo por lo que argumentaba, sino también por la forma en que exponía sus conclusiones con honestidad desprovista de jerga o ambigüedad. Su transparencia desarmó, irritó y obligó a responder sin excusas retóricas. El costo personal fue alto, pero la claridad de su planteamiento forzó a la sociedad a mirar de frente una verdad incómoda. Así, la claridad no solo revela las ideas del autor, sino que también expone a la luz tanto los riesgos como los méritos de una propuesta. Hay algo profundamente valiente en ese gesto: asumir la responsabilidad de ser comprendido incluso cuando el precio es la crítica directa. Ese riesgo, lejos de debilitar el argumento, es precisamente lo que lo vuelve genuino.
Pero quiero ser honesto sobre la complejidad de lo que estoy planteando, porque hay casos legítimos en los que la dificultad de un texto no es un defecto, sino una consecuencia inevitable de lo que intenta hacer.
Heidegger no es oscuro porque sea un mal escritor —es oscuro porque intenta pensar algo que el lenguaje ordinario no puede capturar sin deformarlo—. Hay una diferencia entre la oscuridad que nace de la pereza y la que nace de empujar el lenguaje hasta los límites de lo que puede decir. La poesía opera así. Cierta filosofía opera así. Incluso cierta prosa científica, cuando describe fenómenos que desafían la intuición cotidiana —la mecánica cuántica, la topología, la consciencia—, necesita un lenguaje que incomode al lector porque la realidad que describe es, ella misma, incómoda.
El problema no es la dificultad. El problema es la dificultad gratuita. La dificultad que existe porque el autor no quiso —o no supo— hacer el trabajo de pensar con mayor precisión. La que confunde «no me entienden» con «estoy diciendo algo profundo». La que usa diez palabras donde bastan tres no lo hace porque las diez capturen un matiz que las tres perderían, sino porque diez suenan más impresionantes.
La pregunta que todo escritor debería hacerse ante un texto difícil de leer no es «¿suena inteligente?» sino «¿la dificultad es del tema o mía?». Si la dificultad es del tema —si simplificar el lenguaje significaría traicionar la idea—, entonces la oscuridad está justificada. Si la dificultad es del autor —si una edición rigurosa podría volver el texto accesible sin perder contenido—, entonces la oscuridad es un fracaso.
Regreso a Pascal porque su extensa carta también es una metáfora del ensayo que intenté escribir aquí. He necesitado dos mil palabras para decir algo que podría condensarse en una oración: el esfuerzo por hacerse entender es la forma más alta de respeto intelectual hacia el otro.
Pero esa oración, sola, no hubiera bastado. Necesitaba los ejemplos, los matices, las complicaciones —necesitaba reconocer que la claridad tiene excepciones legítimas, que la brevedad puede ser tan tramposa como la extensión si elimina lo que importa, que lo que defiendo no es una regla sino una ética—. A veces, la concisión máxima no es la oración más corta sino la cantidad justa de palabras para que una idea llegue completa.
Lo que Ortega llamó «cortesía del filósofo» es, en el fondo, algo más que una cortesía. Es una declaración de principios sobre la relación entre quien escribe y quien lee. Dice: he pensado esto con suficiente profundidad como para poder explicártelo sin obligarte a descifrarlo. He hecho el trabajo. He retirado los andamios. Lo que queda es la estructura limpia de una idea.
Y esa estructura, cuando funciona, no necesita que le digas al lector que es profunda. Se nota sola.
