Misty Seine River with illuminated bridges and Paris skyline at dusk

La lengua de los muertos no calla

«La palabra no es la sombra del hecho, sino su ceniza.»

Nelly Sachs, de su correspondencia con Paul Celan.

El lunes 20 de abril de 1970, hacia la medianoche, un hombre de cuarenta y nueve años cerró con llave el departamento que habitaba a solas en el número 6 de la avenida Émile Zola, en el distrito quince de París. Dejó sobre su escritorio una biografía de Friedrich Hölderlin abierta en la página 464 y caminó menos de cuatrocientos metros bajo las farolas hasta el puente Mirabeau. Se llamaba Paul Antschel, aunque en las portadas de sus libros firmaba con el anagrama rumano de su apellido: Celan. No había testigos en la banqueta. Tampoco dejó una carta de despedida para su esposa, la grabadora Gisèle Celan Lestrange, ni para su hijo Eric, que entonces tenía catorce años. Sabemos que trepó a la baranda de hierro forjado, miró las aguas oscuras del Sena que corrían hacia el suroeste y se dejó caer. Un pescador topó con el cuerpo once días más tarde, el primero de mayo, atorado en una esclusa a doce kilómetros corriente abajo, en Courbevoie. Cuando revisé el expediente en el Archivo de Literatura Alemana de Marbach am Neckar, donde se guardan sus cuadernos y ese ejemplar de Hölderlin con una línea subrayada a lápiz («A veces este genio se oscurece y se hunde en el pozo amargo de su corazón»), me quedé pensando en una sola cosa: ¿cómo demonios pudo un judío escribir los poemas más grandes del siglo veinte en el mismo idioma que usaron los asesinos de su madre para firmar la orden de tiro?

El idioma de mamá y de los verdugos

Para entender esa contradicción, hay que viajar en tren hacia el este, hasta una ciudad que cambió de pasaporte cuatro veces en treinta años. Paul Antschel nació el 23 de noviembre de 1920 en Czernowitz, la capital de Bucovina. Si se le busca hoy en un mapa de Ucrania, aparece como Chernivtsí. Cuando Paul vino al mundo, el Imperio austrohúngaro acababa de desmoronarse y la ciudad había pasado a manos del Reino de Rumania; sin embargo, en las calles se escuchaban cuatro lenguas antes del desayuno: rumano en las oficinas de correos, ucraniano en los mercados de verdura, yidis en las sastrerías y alemán en las casas de la burguesía judía ilustrada.

En el hogar de los Antschel mandaba el alemán. Su padre, Leo Antschel, se ganaba la vida como corredor de leña para calefacción y quería que el muchacho estudiara hebreo y marchara a Palestina. Su madre, Fritzi Schrager, pensaba distinto. Ella provenía de Sadhora, leía a Friedrich Schiller y a Rainer Maria Rilke por las noches, y corrigió cada sílaba de su único hijo hasta que el joven habló el alemán culto de Viena, sin rastro del acento local. Para Paul, el alemán nunca fue el idioma de Adolf Hitler. Era la voz de Fritzi llamándolo a cenar.

Todo saltó por los aires en el verano de 1941. Un año antes, las tropas soviéticas habían ocupado la Bucovina del Norte; pero en julio de 1941, las fuerzas rumanas aliadas con el Tercer Reich recuperaron Czernowitz acompañadas por el Einsatzkommando 10b de las SS, una unidad móvil de matanza comandada por el oficial Alois Persterer. En los primeros tres días asesinaron a más de seiscientos judíos. El once de octubre de ese mismo año, las autoridades rumanas encerraron a cincuenta mil personas en un gueto cercado con tablas de pino, donde apenas cabían quince mil.

Aquí es donde la historia suele deformarse por culpa de los manuales escolares. Mucha gente repite la patraña de que Celan estuvo preso en Auschwitz y que vio las cámaras de gas en Polonia. No es verdad. El horror que le tocó fue otro: más lento, lodoso y a cielo abierto.

La noche del sábado 27 de junio de 1942, las patrullas rumanas prepararon una redada de deportación en el gueto de Czernowitz. Paul, que tenía veintiún años, olió el peligro. Les suplicó a sus padres que se escondieran con él en la fábrica abandonada de cosméticos de un conocido. Leo y Fritzi se negaron. Estaban exhaustos de huir; creían que la edad los pondría a salvo de un viaje largo o que ya no tenía sentido correr. Paul se marchó solo. A la mañana siguiente volvió a la casa familiar de la calle Wassilko: la puerta estaba sellada con lacre oficial y adentro no quedaba nadie.

A Leo y a Fritzi los subieron en vagones de carga rumbo a Transnistria, una franja de tierra entre los ríos Dniéster y Bug Meridional, en la actual Ucrania, que el dictador rumano Ion Antonescu utilizaba como basurero humano. Los mandaron a la cantera de piedra de Mijáilovka, un campo vigilado por guardias ucranianos y oficiales de las SS que dirigían la construcción de la carretera militar Durchgangsstraße IV. En julio de 1942, apenas un mes después de la deportación de sus padres, a Paul lo reclutaron para abrir caminos en Tabaresti, un campo rumano de trabajos forzados a trescientos ochenta kilómetros al sur, en el distrito de Buzău. Cargaba una pala y dormía sobre paja, pero le daban un plato de sopa al día. A sus padres les quedaba poco tiempo.

El documento que le quebró el alma llegó a principios de 1943, oculto entre la ropa de un prisionero trasladado. Era una nota escrita a lápiz por su madre desde el campo de Mijáilovka. En cuatro líneas apretadas, Fritzi le contaba que Leo había muerto en el otoño de 1942; los archivos cruzados de los sobrevivientes no aclaran si murió de tifo exantemático o si un guardia lo liquidó de un balazo cuando ya no pudo cargar costales de grava. Poco después, en el invierno de 1942 a 1943, un guardia sacó a Fritzi Schrager de la fila porque ya no servía para quebrar piedra a quince grados bajo cero, la llevó detrás de las barracas cerca de Gaisyn y le metió un tiro en la nuca.

Tengo frente a mí la transcripción de lo que Celan le contó años más tarde a su biógrafo israelí, Israel Chalfen. Jamás se perdonó haber dormido bajo techo aquella noche de junio de 1942 mientras a sus padres los sacaban a culatazos. Quería salvarlos. Temía morir con ellos. Hizo lo único sensato para sobrevivir a los veintiún años: esconderse. Esa decisión le costó veintiocho años de insomnio.

Leche negra del alba

Cuando el Ejército Rojo entró de nuevo en Czernowitz en la primavera de 1944, Paul volvió a una ciudad vacía de los suyos. Trabajó unos meses como enfermero en un hospital psiquiátrico y retomó las clases de literatura inglesa en la universidad local, pero el aire soviético se volvió irrespirable. En abril de 1945 huyó hacia Bucarest con una mochila en la que llevaba unos cuantos poemas escritos a mano.

En esa libreta viajaba un texto de treinta y seis versos que había empezado a escribir en Czernowitz durante la segunda mitad de 1944, tras leer en la prensa soviética los primeros informes pormenorizados sobre la liberación del campo de exterminio de Majdanek, cerca de Lublin, y escuchar los testimonios de los deportados que volvían de Polonia. Primero lo llamó Todestango (Tango de la muerte), porque en varios campos las SS forzaban a las orquestas de prisioneros judíos a tocar tangos argentinos mientras los demás caminaban hacia las fosas o los hornos. Luego le cambió el título a Todesfuge (Fuga de muerte), imitando la arquitectura musical de Johann Sebastian Bach, en la que dos o tres voces se persiguen repitiendo el mismo tema.

La primera edición de ese poema es una rareza de archivo que pocos conocen. No salió en alemán. Se publicó, traducido al rumano por su amigo Petre Solomon, con el título Tangoul Morții, en la revista Contemporanul de Bucarest, el 2 de mayo de 1947. Para leerlo en su alemán original hubo que aguardar hasta 1948, cuando Celan sacó en Viena su primer libro, Der Sand aus den Urnen (La arena de las urnas), en un tiraje de quinientos ejemplares que él mismo mandó destruir semanas más tarde: los cajistas habían metido más de veinte erratas y las ilustraciones de Edgar Jené le parecieron infames.

Conviene mirar la obra de cerca, como quien revisa un reloj desarmado sobre la mesa. Fuga de muerte arranca sin puntuación: «Negra leche del alba la bebemos al atardecer / la bebemos al mediodía y en la mañana la bebemos de noche / bebemos y bebemos».

Quien lea el poema en voz alta advertirá que no hay gritos ni insultos. Hay un hombre en una barraca que escribe cartas a su amada Margarete (la muchacha rubia del Fausto de Goethe, toda la tradición romántica alemana concentrada en una trenza de oro); ese hombre sale al patio, les silba a sus perros de presa y luego les chifla a sus judíos para que caven una fosa en la tierra mientras otros tocan el violín. Frente a Margarete aparece Sulamita, la novia judía del Cantar de los Cantares, que ya no tiene el cabello dorado, sino ceniza. Y en el verso veinticinco cae la línea que ningún alemán de posguerra quería escuchar en su idioma: der Tod ist ein Meister aus Deutschland sein Auge ist blau («la muerte es un maestro de Alemania su ojo es azul»). Un Meister en alemán es un maestro de oficio, el carpintero o el relojero que domina la técnica tras años de gremio. Celan usó ese término de taller respetable para retratar el exterminio industrial.

En diciembre de 1947, Paul escapó a pie de la Rumania comunista a través de Hungría hasta llegar a Viena, y en julio de 1948 se radicó definitivamente en París. La Europa que lo acogió era un continente tapizado de escombros y de olvido voluntario. En Alemania Occidental, millones de viejos afiliados al partido nazi acababan de librar los comités de desnazificación con certificados de inocencia conocidos como Persilscheine (comprobantes de detergente Persil, pues dejaban limpio de culpa en diez minutos). Los escritores alemanes querían pasar la página. Y en 1951, el filósofo Theodor W. Adorno sentenció en su ensayo Crítica cultural y sociedad una frase que se volvió dogma en las universidades: «Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie».

A mí siempre me ha parecido que a los filósofos les fascina repartir condenas desde sus despachos, en un clima artificial. Pero cuando invitaron a Celan en mayo de 1952 a leer en Niendorf, frente al mar Báltico, ante el Grupo 47 (el círculo literario de mayor peso en la Alemania de posguerra), el choque fue demoledor. Celan leyó Fuga de muerte con una modulación antigua, casi como un cantor de sinagoga. A los escritores alemanes ahí reunidos, varios de ellos exsoldados de la Wehrmacht, les dio pena ajena. Hans Werner Richter, fundador del grupo, soltó que aquello sonaba a rezo de templo; otros dijeron que recordaba la voz engolada de Joseph Goebbels. Les purgara que un judío sobreviviente les arrojara los muertos al plato del desayuno hablando un alemán más fino que el propio. Sin embargo, cuatro meses después, la editorial Deutsche Verlags-Anstalt de Stuttgart lanzó su libro Amapola y memoria (Mohn und Gedächtnis), que incluía Fuga de muerte, y el poema pasó a ser lectura de rigor en los salones de clase de toda Alemania.

Ahí brotó otra trampa. Las escuelas alemanas se pusieron a estudiar Fuga de muerte, midiendo la métrica, las aliteraciones y los tropos retóricos, con tal de no hablar de los muertos de verdad. Convirtieron una fosa común en un ejercicio de sintaxis. Celan se dio cuenta, hizo coraje y, desde finales de los años cincuenta, prohibió que incluyeran el poema en nuevas antologías escolares.

El expediente Goll y la navaja en la mesa

Si los lectores alemanes usaban sus versos para calmar el remordimiento, ¿qué ataba a Celan a París? Cobraba su sueldo como lector de lengua y literatura alemana en la Escuela Normal Superior de la calle d’Ulm, vivía en un país cuya lengua dominaba a fondo, pero en el que jamás redactó un solo verso, y le advertía a quien quisiera oírlo que un poeta solo dice su verdad en la lengua materna: en una lengua ajena, miente.

Lo que terminó por empujarlo hacia el barandal del puente Mirabeau tiene nombre, apellido y fecha de matasellos: Claire Goll.

En 1949, recién llegado a París, un Celan sin un centavo ni renombre visitó al poeta franco-alemán Yvan Goll, que se moría de leucemia en una cama de hospital, y se ofreció a traducir sus poemas del francés al alemán. Yvan murió en febrero de 1950. Tres años más tarde, su viuda, Claire Goll, decidida a apuntalar la celebridad póstuma de su marido a costa de lo que fuera, se dedicó a enviar copias mimeografiadas a críticos, editores y diarios de Alemania y Suiza. Acusaba a Paul Celan de haberle plagiado textos a Yvan Goll en Amapola y memoria.

Al poner los papeles frente a frente en el archivo de Marbach, la treta de Claire Goll espanta por corriente. En abril de 1960, Claire logró colar sus calumnias en la revista literaria Baubudenpoet de Múnich. Aseguraba que las imágenes poéticas de Celan provenían de Traumkraut (Hierba de sueño), el poemario de su marido, publicado en 1951. Lo que los críticos alemanes no se molestaron en revisar antes de esparcir el chisme en las páginas culturales fue la fecha de los cuadernos de Bucarest: Celan había compuesto e impreso esos versos en Rumania y en Viena entre 1944 y 1948, mucho antes de saber que Yvan Goll existía. Peor aún: décadas más tarde, los especialistas comprobaron que la misma Claire Goll había falseado los manuscritos póstumos de su marido tras haber leído a Celan, para hacerlos calzar con la obra del muchacho de Czernowitz.

La difamación no se sostenía, pero pegó porque encontró tierra fértil. A cierta prensa alemana le caía de perlas enterarse de que el gran poeta judío del Holocausto no era más que un farsante de las letras: si el testigo mentía, no había por qué cargar con tanta culpa por las fosas.

Celan sintió el golpe como una segunda deportación. Las cartas que mandó a inicios de los años sesenta a su amiga Nelly Sachs (guardadas en la Biblioteca Real de Estocolmo) y a la escritora austriaca Ingeborg Bachmann (su amante intermitente desde 1948, cuya correspondencia permaneció bajo llave hasta 2008) retratan a un hombre que veía cruces gamadas en las paredes de París. Si algún colega alemán pronunciaba la palabra «liquidar» para referirse a la cancelación de un contrato de imprenta, Paul se ponía blanco y dejaba la mesa.

Celan agarró el alemán y lo despedazó a martillazos. Quitó los adjetivos de adorno, partió los vocablos por la mitad, acuñó términos compuestos sacados de la geología, la minería y las plantas, y sembró los libros de silencios. Si en 1945 un verso medía doce palabras, para 1967 constaba de dos sílabas quebradas por un salto de renglón.

A partir de sus libros Reja de lenguaje (Sprachgitter, 1959) y La rosa de nadie (Die Niemandsrose, 1963), su escritura dio un vuelco. Como la crítica tachaba a Fuga de muerte de «demasiado bella» para referir el horror, Celan agarró el alemán y lo despedazó a martillazos. Quitó los adjetivos de adorno, partió los vocablos por la mitad, acuñó términos compuestos sacados de la geología, la minería y las plantas, y sembró los libros de silencios. Si en 1945 un verso medía doce palabras, para 1967 constaba de dos sílabas quebradas por un salto de renglón.

Sus últimos años parecen un parte clínico. De 1962 a 1969 lo internaron en repetidas ocasiones en sanatorios psiquiátricos cercanos a París, como el de Épinay-sur-Orge y el hospital Sainte-Anne. Le aplicaron descargas eléctricas y le recetaron dosis altas de clorpromazina. El 24 de noviembre de 1965, durante un ataque de delirio paranoide en su casa de la calle de Longchamp, intentó clavarle un cuchillo a Gisèle mientras dormía; ella alcanzó a salir descalza hacia la escalera con el niño para pedir auxilio. Cuando a Paul se le pasó el brote en el hospital, pidió vivir apartado de su familia por miedo a hacerles daño. Gisèle nunca dejó de visitarlo ni de corregir con él las galeras de sus libros.

Queda un último pasaje antes del salto al agua, otro momento desfigurado por el mito. El 25 de julio de 1967, tras ofrecer una lectura en la Universidad de Friburgo ante mil doscientas personas, Celan subió al coche del germanista Gerhart Baumann para ir a Todtnauberg, en la Selva Negra, y entrar a la cabaña de madera de Martin Heidegger.

Heidegger, la figura más pesada de la filosofía alemana, admiraba los versos de Celan y se sentaba en primera fila durante sus lecturas, pero jamás había ofrecido una disculpa pública por afiliarse al partido nazi en mayo de 1933 ni por sus discursos de rector al servicio de Hitler. Nadie grabó lo que hablaron mientras caminaban a solas por los pantanos húmedos del monte; ahí topamos con un vacío que ningún documento resuelve. Pero sí quedó el libro de visitas de la cabaña. Antes de marcharse, Celan agarró el lápiz y anotó: «En el libro de la cabaña, con la vista en la estrella del pozo, con la esperanza de una palabra venidera en el corazón. El 25 de julio de 1967. Paul Celan».

Aguardaba una palabra. Una disculpa clara de Heidegger. No llegó. Ocho días después, en Frankfurt, Celan escribió el poema Todtnauberg, testimonio de aquella marcha entre orquídeas del campo y de esa «palabra / que se demora» en boca de un hombre que piensa.

Lo que quedó en la orilla

Cuando sepultaron a Paul Celan el 12 de mayo de 1970 en el camposanto parisino de Thiais, a corta distancia del aeropuerto de Orly, la poesía europea ya no guardaba parecido con la que él conoció veinticinco años atrás.

En primer lugar, obligó a Theodor W. Adorno a desmentirse en público: en su libro Dialéctica negativa, de 1966, el filósofo reconoció que quizá se había equivocado al vetar la poesía después de Auschwitz, pues el sufrimiento perenne tiene el mismo derecho a hablar que el torturado a gritar. Además, Celan le probó a la estirpe de autores que llegó tras él —desde Ingeborg Bachmann y Hans Magnus Enzensberger hasta el premio Nobel Seamus Heaney o el chileno Raúl Zurita— que cuando un régimen asesino se adueña de una lengua, el escritor no tiene por qué soltarla: puede atrincherarse en ella, botarle las tuercas y obligarla a confesar lo que calla.

Si alguna vez andas por París y te paras sobre el puente Mirabeau, vas a encontrar una placa modesta en la banqueta de la orilla derecha. Pero el detalle que de verdad hiela la sangre al cerrar los expedientes no está en el río ni en los libros. Está en la cartera empapada que la policía del puerto sacó del saco de Celan el primero de mayo de 1970: veintiocho años después de aquella redada en Czernowitz, todavía traía pegado al pecho el retrato de su madre, Fritzi Schrager, la mujer que le enseñó a hablar en alemán.


Descubre más desde Ricardo García Muñoz

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo