Tengo el libro en las manos. La portada está descolorida en una esquina, donde el sol de veinticinco años entró por la misma rendija de la misma repisa sin que yo nunca moviera el volumen de sitio. El título ocupa media portada: «Con tan poquita fe». Debajo, mi nombre, con una tipografía que en su momento me pareció definitiva y hoy me parece de otra persona, alguien que firmaba así porque todavía no sabía cómo iba a firmar el resto de su vida.
No recuerdo haber elegido ese título pensando en lo que significaría después. Lo elegí porque sonaba bien y tenía ese giro irónico que, a los treinta años, uno confunde con profundidad. Ahora lo leo distinto. Lo leo como una frase que me esperaba a mí, agazapada en la portada durante un cuarto de siglo, hasta que yo tuviera edad para entenderla.
Eso es lo raro de los libros propios. Uno los escribe sin saber que deja un mensaje cifrado para quien será dentro de veinticinco años. El joven que escribió estos cuentos no sabía que la frase del título terminaría describiendo con más precisión al hombre que hoy sostiene el libro que a ningún personaje de adentro.
Ya no creo en muchas de las promesas que me hicieron sobre la literatura. Y, sin embargo, sigo escribiendo.
Durante mucho tiempo supuse que ambas cosas debían permanecer unidas. Para escribir, había que creer. Creer en los libros, desde luego, pero también en una especie de sistema de recompensas que nadie había redactado y que muchos aceptábamos sin discutir demasiado. Leer nos haría más profundos. Escribir ayudaría a comprendernos. Y los buenos libros, tarde o temprano, encontrarían a sus lectores y el talento, tarde o temprano, acabaría imponiéndose. La obra sobreviviría al autor. La literatura, de algún modo difícil de precisar, nos salvaría.
No sé quién me enseñó todo eso. Tal vez nadie. Las religiones más eficaces no necesitan catecismo porque sus fieles aprenden las doctrinas observando a los demás.
En torno a los libros existe desde hace siglos una retórica de redención. Decimos que una novela nos cambió la vida o que un poema nos sostuvo durante una enfermedad. Decimos que un autor determinado nos enseñó a mirar. A veces es cierto. Hay libros que llegan en el instante preciso y provocan un desplazamiento real. El problema comienza cuando convertimos esas experiencias en una teoría general y exigimos a la literatura capacidades que quizá nunca tuvo.
La literatura me dio, a veces, una silla en la que esperar a que pasara lo peor.
No es poca cosa una silla cuando uno está cansado. Pero una silla no es una ambulancia.
Los libros no arreglan la infancia. No pagan las deudas. No devuelven a los muertos. No curan una enfermedad. No sustituyen la terapia, el amor, la justicia, el dinero o el tiempo. Una novela puede ayudarnos a reconocer una herida y, aun así, dejarnos exactamente enfrente de la tarea de curarla. Puede proporcionar una palabra para aquello que durante años solo fue una presión en el pecho. Puede decir culpa, abandono, miedo, deseo, vergüenza. Nombrar modifica nuestra relación con las cosas, pero no siempre las modifica a ellas.Tal vez esa haya sido una de las confusiones más persistentes en torno a la literatura: atribuirle a la representación el poder de la reparación.
Que algo pueda escribirse no significa que quede resuelto.
Uno puede convertir una desgracia en una página extraordinaria y seguir siendo infeliz después de poner el punto final.
Con los años también dejé de creer que leer nos vuelve mejores personas.
La idea resulta seductora porque halaga a la vez a los libros y a quienes los leemos. Nos permite pensar que abrir una novela de quinientas páginas constituye, además de una actividad intelectual, una modesta virtud moral. El lector aparece entonces como alguien más tolerante, más sensible, menos dispuesto a aceptar prejuicios. La ficción, según esa esperanza, nos obliga a habitar otras vidas y amplía nuestra capacidad de empatía.
Puede ocurrir. Nada lo garantiza.
La historia ofrece suficientes personas cultísimas, capaces de crueldades minuciosas, como para desconfiar de cualquier equivalencia entre cultura y bondad. También nuestra experiencia cotidiana resulta menos solemne: conocemos lectores soberbios, profesores incapaces de escuchar, escritores que convierten cada conversación en una competencia y personas que han pasado la vida entre libros sin adquirir por ello demasiada curiosidad por quienes tienen enfrente.
Un libro es una posibilidad de desplazamiento, no una garantía.
Podemos leer para confirmar lo que ya pensamos. Podemos usar la cultura como frontera social. Podemos convertir a los autores que conocemos en una colección de credenciales. Incluso la sensibilidad puede utilizarse como una forma de narcisismo: sentir mucho por el sufrimiento de personajes inventados y muy poco por la incomodidad concreta de las personas reales.
Leer no nos vuelve buenos.
Apenas nos deja sin algunos pretextos para seguir siendo simples.
Y quizá ni siquiera eso sea automático. La literatura aporta complejidad, pero cada lector decide qué hacer con ella.
Otra de las promesas que se fue deteriorando es la del reconocimiento.
En la juventud, y no solo en ella, resulta difícil separar por completo el deseo de escribir del deseo de ser escritor. Son cosas distintas. La primera ocurre frente a una página; la segunda requiere testigos.
Queremos publicar. Queremos lectores. Queremos que alguien confirme que las horas dedicadas a una novela no fueron una extravagancia privada. Nos gustan las reseñas favorables, las invitaciones, las fotografías, los premios, los brindis y los aplausos. Negarlo suele ser una forma refinada de vanidad. Un camino en el que se defiende más el espejismo que el oasis.
No hay nada vergonzoso en querer ser leído. La literatura necesita circulación. Un libro que nadie abre puede ser un objeto perfecto, pero ha perdido una parte esencial de su razón de existir.
El problema comienza cuando el reconocimiento deja de ser una consecuencia posible del trabajo y se convierte en su principal combustible. Entonces cambia la relación con la página. Es una golosina que solo se promete a los tontos. Cada texto empieza a parecer una solicitud de admisión.
¿Será publicable? ¿Gustará? ¿Servirá para un premio? ¿Coincidirá con aquello que en este momento parece interesar a editoriales, jurados, suplementos, festivales? Son preguntas legítimas en ciertas etapas del proceso editorial, pero resultan corrosivas cuando se sientan junto al escritor desde la primera frase.
Porque el reconocimiento pertenece a un sistema que combina calidad con muchas otras cosas: oportunidad, relaciones, tendencias, mercados, política cultural, casualidades, capacidad de promoción, persistencia y suerte. Sin embargo, quien confía su éxito personal y profesional al apoyo de los demás tiene vocación de fracasado.
Hay autores extraordinarios que pasan inadvertidos durante décadas y libros mediocres que encuentran un momento histórico favorable. Hay premios justos y otros incomprensibles. Hay éxitos inesperados y silencios igualmente inexplicables.
Aceptar eso puede parecer desalentador. A mí me parece cada vez más liberador.
La página no controla el mundo de los lectores a los que será enviada. Solo controla, y de manera imperfecta, lo que ocurre dentro de ella.
Abro al azar. Página cuarenta y tres. Reconozco la frase, no el gesto que la escribió. Hay una seguridad en esas líneas que ya no tengo, una certeza sobre el oficio, sobre lo que la literatura iba a darme si yo cumplía mi parte del trato. El trato era simple, aunque nadie lo dijera con esas palabras: escribes bien, publicas y algo cambia. Algo se acomoda. La vida adquiere una dirección que antes no tenía.
Miro la fecha de edición. El sello ya no existe. El editor que me publicó murió hace ocho años, en un pequeño departamento donde, según me contaron, guardaba cajas enteras de libros que nunca llegó a distribuir del todo. Ese dato lo supe después, en un café, de boca de alguien que también publicó con él y que hablaba del asunto con una mezcla de gratitud y resentimiento que yo entendí perfectamente sin necesidad de que me la explicara.
Ahí está la primera grieta del trato. Uno publica y el sello desaparece. Uno cree que el libro impreso es una especie de anclaje contra el olvido, y en cierto sentido lo es; este ejemplar sigue aquí, a treinta centímetros a mi derecha, pero el sistema que lo puso en circulación se disolvió como se disuelven casi todas las estructuras que sostienen a un escritor joven: sin aviso, dejando al autor con un objeto físico y sin ninguna infraestructura detrás.
Durante siglos, una parte del imaginario literario se ha construido alrededor de una pelea contra la muerte. Escribir para permanecer. Dejar una obra. Ser leído cuando ya no estemos aquí. Es una fantasía hermosa. También es una fantasía ligeramente absurda.
La mayoría de los escritores desaparecen. La mayoría de los libros desaparecen. Incluso autores que parecieron centrales para una generación se convierten después en nombres confinados a tesis universitarias, catálogos de segunda mano o notas al pie. Es simplemente la escala despiadada del tiempo.
Nuestra época ha añadido una paradoja: nunca habíamos almacenado tanto y quizá nunca había resultado tan difícil permanecer. Cada día se publican libros, fotografías, podcasts, artículos, videos, mensajes, archivos. Todo queda registrado y casi todo queda sepultado.
La posteridad es una forma refinada de ansiedad. Quizá escribamos con la vaga idea de un lector futuro, pero siempre trabajamos contra el ruido del presente. Escribimos aquí, con las palabras disponibles ahora, dentro de preocupaciones que pertenecen a nuestro tiempo, aunque algunas logren atravesarlo.
Cuando esas promesas comienzan a desvanecerse, queda una pregunta incómoda.
¿Entonces para qué escribir?
La respuesta que encuentro ahora es menos espectacular que las antiguas y, precisamente por eso, me parece más resistente.
Escribo porque la experiencia llega en bruto y algo en mí necesita darle forma antes de que se pudra.
La vida no tiene estructura narrativa. Nosotros se la imponemos después. Las cosas suceden mezcladas. Una conversación importante puede darse mientras alguien lava los platos. Una pérdida coincide con un trámite burocrático. Una humillación de hace treinta años reaparece durante una caminata cualquiera. Recordamos una frase, pero olvidamos quién la dijo. Conservamos durante décadas escenas irrelevantes mientras desaparecen acontecimientos que alguna vez consideramos decisivos.
La experiencia llega en fragmentos. Escribir es construir relaciones entre ellos.
Busca darles una arquitectura que les permita observarlos, sin comprenderlos del todo ni justificarlos.
Esa es una función considerable de la escritura y, sin embargo, no tiene nada de místico. Se parece más al trabajo de una mesa de disección. Colocar algo bajo una luz intensa. Separar. Nombrar. Comparar. Cortar donde sea necesario.
Vuelvo a la portada. Hay algo en la disposición de las letras, en ese diseño de hace veinticinco años, que ahora me parece casi ingenuo por su solemnidad. El diseñador quiso que el título pesara y ocupara el espacio como un epitafio. Y lo logró. Pero la sentencia no decía lo que él pensaba que significaba. No hablaba de los personajes. Hablaba de mí, del oficio, de lo que me esperaba exactamente, en la proporción que anunciaba el título: poquita fe, no ninguna, poquita, la justa para seguir, aunque las pruebas en contra se acumularan.
Ahí comienza una zona que me interesa más que cualquier idea de redención.
El autoengaño.
Los seres humanos somos formidables narradores de nuestras propias coartadas. Reorganizamos recuerdos. Reducimos nuestra responsabilidad y aumentamos la de los demás. Inventamos causalidades retrospectivas. Convertimos cobardías en prudencia. Transformamos ambiciones en vocaciones y rencores en principios.
La escritura no elimina esos mecanismos. Puede, en los mejores momentos, volverlos visibles.
Me vuelve menos capaz de hacerme tonto.
Por eso escribir resulta a veces incómodo. La página puede descubrir una intención que preferimos atribuir a otra persona. Puede obligarnos a reconocer que una historia que durante años hemos contado de determinada manera necesita ser corregida. No porque exista una versión del pasado del todo objetiva, sino porque algunas resultan demasiado convenientes.
Quizá ahí haya una utilidad de la literatura que resiste bastante bien el desencanto: aumenta la dificultad de nuestras mentiras.
Las encarece, aunque no siempre las impide.
También quedan los lectores.
No «el público». De ningún modo «la audiencia». Esas palabras pertenecen al vocabulario de las cifras y tienen su utilidad, pero describen mal lo que sucede cuando una frase pasa de una conciencia a otra.
Pienso más bien en algunos lectores.
Alguien que subraya una línea.
Alguien que envía un mensaje.
Alguien que dice: «Eso me pasó a mí, aunque nunca me pasó de esa manera».
La literatura produce una intimidad extraña. Dos personas que tal vez nunca se conozcan comparten durante unos minutos una construcción de palabras. Una conciencia fabrica una forma y otra la reconstruye dentro de sí.
Escribo para algunos. Creo cada vez menos en esa clase de universalidad. Escribo con la esperanza de que, de vez en cuando, alguien encuentre una frase y, durante un minuto, una experiencia que consideraba solo suya también ocurrió de otra manera, en otra cabeza.
Tal vez los libros hayan sido eso con mucha más frecuencia de lo que quisimos admitir: lugares donde sentarse mientras ocurre algo que ellos no pueden detener.
Y tal vez ya sea suficiente.
Existe cierta libertad al escribir después de perder la fe en la literatura como institución sagrada. No hace falta defender cada libro ni fingir que los escritores son seres tan lúcidos. No hace falta convertir la lectura en una superioridad moral, ni imaginar al autor como sacerdote, profeta o mártir. Y, sobre todo, no hace falta pedirle a cada página que justifique una vida.
Tal vez se empieza a escribir de otra manera cuando se deja de esperar que la literatura nos devuelva algo.
Ya no le pido que me salve ni que me haga una mejor persona.
Tampoco que me dé una identidad, ni que me compense por lo que no ocurrió.
Ya no le pido que vuelva necesario ni que garantice un lugar para mí.
Ni siquiera que permanezca.
Pero todavía le pido algo más difícil:
Que no me deje mentir tan fácilmente.
Esa exigencia es menor que la salvación y mayor que el entretenimiento.
Consiste en acercarse a una experiencia, una escena, un recuerdo, un personaje o una idea y permanecer ahí el tiempo suficiente para quitarle algunas de las explicaciones automáticas con las que solemos protegernos.
Tal vez convenga dejarla en paz.
Hay una foto en la última página, una foto mía de esa época, en blanco y negro porque en ese momento a los editores les parecía que el blanco y negro le daba seriedad al autor. Me veo serio, en efecto, con una expresión que ensayé frente al espejo más de lo que quisiera admitir. Ese muchacho de la foto pensaba que la seriedad de la imagen se correspondería con la solidez de la carrera. Que un rostro grave garantizaba un futuro trascendente.
El rostro de ahora es otro. Más adusto, distinto. Tiene la marca de los años que pasaron entre esa portada y esta tarde, treinta centímetros de distancia entre el libro y mi mano, y en esos treinta centímetros cupieron cientos de páginas escritas y borradas, y la certeza creciente de que la fe con la que empecé no era la fe correcta.
Porque entonces había dos clases de fe mezcladas en ese título y yo no las distinguía. Había fe en el oficio, en la frase bien hecha, en la corrección incesante hasta que el párrafo sonaba como debía. Esa convicción sigue intacta; no se movió un milímetro en veinticinco años. Y había otra fe, la confianza en el sistema que rodea al oficio: el sello que te publica, el crítico que te reseña, el premio que te valida, la posteridad que te espera al final del camino si cumples las reglas. Esa segunda fe es la que se cayó, pedazo por pedazo, sin que yo lo notara en el momento exacto en que se desmoronaba.
El título lo sabía antes que yo. Con tan poquita fe. No decía cuál de las dos creencias. Decía las dos, juntas, sin que el muchacho de la foto pudiera separarlas todavía.
Vuelvo a abrir el libro: otra página al azar. Encuentro una frase que hoy tacharía sin dudar, un adjetivo de más, una imagen que quiere decir demasiado y termina sin decir nada preciso. La tentación es corregirla ahí mismo, con el lápiz que tengo sobre la mesa. No lo hago. El libro ya está impreso, ya circuló, ya es lo que es. Corregirlo ahora sería mentirle al muchacho que lo escribió, pretender que yo hubiera sabido entonces lo que sé ahora.
Y, sin embargo, sigo corrigiendo todos los días otros textos, otros párrafos que todavía están a tiempo de recibir el lápiz. Esa continuidad es la única prueba real que tengo de que algo de aquella fe sobrevivió al derrumbe de la otra. No escribo hoy porque crea que el sistema me va a recompensar. Escribo porque el gesto de tachar un adjetivo de más sigue dándome el mismo placer que le dio hace veinticinco años al muchacho serio de la foto. Sigo escribiendo, entonces, no a pesar de haber dejado de creer en muchas promesas de la literatura, sino quizá porque ya no necesito creer en ellas.
Después de que cae la salvación, después del prestigio, después de la fantasía de permanencia, todavía queda algo.
Una página.
Una frase que no termina de funcionar.
La posibilidad de corregirla.
Y la vieja necesidad de decir algo con la mayor verdad que seamos capaces de soportar.
Cierro el libro. La portada vuelve a quedar cara arriba sobre la mesa, con su descoloramiento de veinticinco años y su título, que resultó ser una profecía disfrazada de ironía juvenil. No sé si algún día voy a escribir el libro que corresponde a la fe que me queda ahora, más chica todavía que aquella, pero más exacta. Sé que si lo escribo, va a tener otro título. Uno que no pueda leerse dos veces, con veinticinco años de diferencia, y decir dos cosas distintas cada vez.


