«Art is theft, art is armed robbery, art is not pleasing your mother.»
(«El arte es robo, el arte es asalto a mano armada, el arte no consiste en complacer a tu madre»)
De The Silent Woman: Sylvia Plath and Ted Hughes (1994).
Weston, Massachusetts, 4 de octubre de 1974. Son las cuatro de la tarde de un viernes de otoño y las hojas de los arces caen sobre el césped recién cortado del número 14 de Black Oak Road. Anne Sexton, de cuarenta y cinco años, entra a la cocina de su casa tras haber almorzado en Boston con su amiga Maxine Kumin. Se quita los anillos y los guarda en el bolso. Va al armario del vestíbulo y saca el abrigo de piel de visón que perteneció a su madre. Luego se sirve un vaso alto de vodka hasta el borde, camina hacia el garaje anexo, cierra el portón de madera y se sienta al volante de su Mercury Cougar rojo de 1967. Gira la llave de contacto, enciende la radio y da un trago.
Leo el inventario de las cajas que guarda el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin, institución que adquirió formalmente en 1980, tras negociaciones e inventarios iniciados a finales de los años setenta, sobre una tasación de cincuenta y siete mil quinientos dólares, del fondo documental de los papeles que quedaron en aquella casa de Weston. Entre borradores de poemas, facturas de tintorería y recetas médicas, hay un lote que siempre obliga a detenerse: más de trescientas cintas magnetofónicas grabadas entre 1961 y 1964 en el consultorio del psiquiatra Martin T. Orne, en el número 184 de la avenida Commonwealth, en Boston.
Cuando uno compara esas cintas con la lista de ganadores del Premio Pulitzer de 1967, la historia parece un chiste de mal gusto. ¿Cómo fue posible que un médico de veintinueve años le recetara escribir versos a una ama de casa de los suburbios que ni siquiera había ido a la universidad, que ella ganara el premio más importante de su país nueve años después, contando en público sus abortos, sus infidelidades y sus estancias en el manicomio, y que el mismo método que le salvó la vida en 1957 acabara por empujarla a quitarse la vida en 1974? Para responder a eso, hay que retroceder dieciocho años y mirar lo que ocurría en los chalets con jardín de Nueva Inglaterra cuando los maridos se iban a la oficina.
La jaula con electrodomésticos y el doctor de las cintas
En el verano de 1956, los suburbios de Boston eran el escaparate del sueño estadounidense de la posguerra. Las revistas femeninas mostraban a mujeres sonrientes con delantales almidonados junto a refrigeradores General Electric, pero en 1963 la periodista Betty Friedan publicaría La mística de la feminidad tras encuestar a casi doscientas graduadas de Smith College y documentar un uso generalizado de tranquilizantes que rondaba el veinte por ciento para soportar lo que llamó «el problema que no tiene nombre».
Anne Gray Harvey —que había nacido en Newton, Massachusetts, el 9 de noviembre de 1928, hija de un próspero comerciante de lana— conocía ese encierro de memoria. En agosto de 1948, a los diecinueve años, se escapó de casa para casarse con Alfred Muller Sexton II, a quien todo el mundo llamaba «Kayo». Vivían en una casa de dos plantas en Newton Lower Falls. Kayo pasaba semanas enteras viajando por el país para vender telas de lana de la empresa de su suegro, y Anne se quedaba sola con dos niñas pequeñas: Linda, nacida en 1953, y Joyce, nacida en agosto de 1955.
Después del segundo parto, Anne se rompió. Sufría ataques de furia en los que arrojaba platos contra las paredes, seguidos de días enteros en los que se quedaba mirando el techo de su dormitorio sin poder vestirse ni peinar a sus hijas; en una ocasión llegó a agarrar a la pequeña Linda por el cuello hasta que ella misma se asustó y pidió auxilio. En julio de 1956 la ingresaron por primera vez en el Hospital Westwood Lodge, una clínica psiquiátrica privada en las afueras de Boston, y poco después inició tratamiento psiquiátrico en el Glenside Hospital. Allí conoció al doctor Martin Orne.
El día de su vigésimo octavo cumpleaños, el 9 de noviembre de 1956, Anne tomó una sobredosis de barbitúricos Nembutal. Cuando despertó tras un lavado de estómago y volvió a la consulta de Orne en los últimos días de diciembre, le dijo que no servía para ser madre ni esposa y que la única habilidad que le veía a su vida era ser una buena prostituta para ayudar a los hombres a sentirse acompañados.
Orne, que era hijo de una psiquiatra vienesa emigrada y tenía métodos poco ortodoxos para la época, le contestó que no dijera tonterías: los resultados de su prueba de Rorschach mostraban una imaginación fuera de lo común. Le propuso que, en lugar de rumiar sus obsesiones, se sentara a escribir lo que sentía para que otros pacientes en su misma situación supieran que no estaban locos ni solos.
Esa misma noche de diciembre de 1956, Anne encendió el televisor de su sala en la cadena pública WGBH de Boston. En la pantalla apareció I. A. Richards, un profesor de la Universidad de Harvard de sesenta y tres años, dando una clase de media hora sobre cómo se construye un soneto. Explicaba que el soneto petrarquista tiene catorce versos divididos en un bloque de ocho y otro de seis, con un esquema fijo de rimas. A Anne, que en el instituto privado Garland Junior College había sido una estudiante mediocre más interesada en los bailes y en los chicos que en los libros, aquella estructura cerrada le pareció un crucigrama. Apagó el televisor, buscó un lápiz y escribió su primer poema después de quince años.
A la semana siguiente le llevó los papeles al doctor Orne. El médico los leyó y le dijo que eran estupendos. En seis meses, Anne escribió más de sesenta poemas. Como sufría lagunas de memoria provocadas por la medicación y por los episodios disociativos en los que entraba en trance durante las sesiones, Orne propuso, en diciembre de 1960, colocar una grabadora de cintas sobre el escritorio de la consulta. Él grababa los cincuenta minutos de charla de los martes, los jueves y los sábados, y Anne se llevaba el carrete a casa para escucharlo y transcribir sus frases en un cuaderno.
Aquí hay que desmontar el primer mito que circula en los manuales de literatura: que Anne Sexton se limitaba a copiar sus sesiones de terapia y a cortarlas en líneas cortas. Si uno lee las transcripciones de las cintas publicadas en 1991 por la biógrafa Diane Wood Middlebrook y las compara con los borradores que se encuentran en las cajas de Texas, se ve un trabajo de carpintería feroz. Anne contaba las sílabas de cada verso con los dedos sobre la mesa, tachaba adjetivos hasta diez veces en la misma página y consultaba diccionarios de sinónimos hasta dejar las hojas rotas. Su tema era el manicomio, pero su herramienta era un reloj suizo.
Tres martinis en el hotel Ritz
En septiembre de 1957, con una carpeta llena de versos bajo el brazo, Anne se armó de valor y se inscribió en un taller de poesía los sábados por la tarde en el Centro de Educación de Adultos de Boston. El curso costaba diecisiete dólares y lo impartía el poeta John Holmes. Allí conoció a Maxine Kumin, otra madre de familia de los suburbios de Newton que se convertiría en su cómplice literaria durante los siguientes diecisiete años: llegaron a instalar una segunda línea telefónica en sus respectivas casas solo para dejar el auricular descolgado sobre la mesa de trabajo durante horas, silbando cuando una quería leerle un verso a la otra.
Holmes era un profesor conservador. Cuando leyó los poemas de Anne sobre las correas de cuero del hospital psiquiátrico, las pastillas para dormir y la masturbación, le advirtió por carta en febrero de 1959 que no los publicara por considerar que expondrían innecesariamente a su familia y rebasaban el decoro artístico.
Anne no le hizo caso. En el otoño de 1958 solicitó plaza en el seminario de posgrado de la Universidad de Boston, dirigido por Robert Lowell. Lowell acababa de terminar el manuscrito de Life Studies (Estudios de vida), el libro que en 1959 inauguraría lo que la crítica llamó «poesía confesional»: textos escritos en primera persona en los que el autor usaba su apellido, sus ingresos psiquiátricos y sus divorcios sin esconderse tras máscaras mitológicas.
En aquella aula del segundo piso de la Universidad de Boston, alrededor de una mesa larga de madera, se juntó en el invierno de 1958 a 1959 un grupo improbable: al volante estaba Lowell, de cuarenta y un años; a un lado se sentaba Anne Sexton, de treinta; y al otro, una joven rubia de veintiséis años, graduada con honores en el Smith College y recién llegada de Inglaterra, llamada Sylvia Plath, a la que acompañaba a veces un estudiante de apellido George Starbuck.
En una memoria titulada «The Barfly Ought to Sing», publicada en 1966 en la revista TriQuarterly tras la muerte de Plath, dejó por escrito cómo eran las tardes de los martes al salir de clase entre enero y mayo de 1959. Mientras Lowell se iba a casa, Anne, Sylvia y George Starbuck metían el coche de Anne en el carril de carga y descarga frente al hotel Ritz-Carlton de Boston —un sitio donde estaba prohibido estacionar, pero donde Anne dejaba las llaves puestas para los botones— y entraban al bar de sillones de terciopelo azul. Pedían tres martinis secos cada uno antes de cenar y conversaban sobre sus crisis suicidas.
Sylvia Plath contaba con todo detalle cómo, a los veinte años, se había metido debajo del porche de la casa de su madre con un bote de pastillas robadas; Anne respondía explicando cómo sabía del carbón activado de los lavados gástricos del hospital de Newton. A mí me produce un escalofrío raro leer los diarios de Plath de aquellas semanas, guardados hoy en el Smith College: Plath, que tenía una formación académica impecable, pero todavía escribía poemas rígidos y llenos de alusiones clásicas, miraba con envidia cómo aquella ama de casa sin título universitario hablaba en sus poemas de la menstruación, del útero y de las clínicas de aborto sin pedir permiso a la tradición inglesa.
En abril de 1960, la editorial Houghton Mifflin publicó el primer libro de Anne: To Bedlam and Part Way Back (Hacia Bedlam y a medio camino de vuelta, usando el nombre del antiguo manicomio de Londres). En la portada no pusieron el retrato de una enferma, sino el de una mujer de un metro setenta y cinco, de ojos verdes, pómulos marcados, pelo negro peinado de peluquería y un vestido sin mangas que recordaba a la época en que modeló para la agencia Hart de Boston.
El cheque del Pulitzer y el doctor equivocado
El éxito de aquel libro y del siguiente, All My Pretty Ones (1962), transformó la economía de la casa de los Sexton. Hasta entonces, Kayo había sido quien traía el sueldo vendiendo lana; de pronto, las universidades de todo el país empezaron a pagarle a Anne entre quinientos y mil dólares —unos nueve mil dólares al cambio actual— por subir a un escenario durante una hora a leer sus poemas.
Anne descubrió que el escenario le gustaba más que la máquina de escribir. Antes de salir al atril, vomitaba en los baños de la facultad por el pánico escénico, se tomaba dos vasos de vodka, se calzaba unos zapatos de tacón de aguja y se ponía un vestido largo de color rojo fuego o verde esmeralda, encendía un cigarrillo Tareyton y leía con una voz grave y arrastrada que dejaba a los auditorios mudos. En 1968 formó una banda de rock de cámara llamada Anne Sexton and Her Kind, con guitarra eléctrica, flauta, trompeta y batería, para cantar sus versos en clubes nocturnos y festivales universitarios.
El punto más alto de su carrera llegó en mayo de 1967, cuando el jurado de la Universidad de Columbia le otorgó el Premio Pulitzer de Poesía por su tercer libro, Live or Die (Vivir o morir), publicado el otoño anterior. Era un diario poético fechado entre el 25 de enero de 1962 y el 1 de febrero de 1966 que terminaba con el poema «Live», en el que Anne prometía elegir la vida por sus hijas y sus dálmatas.
Pero entre los papeles de ese mismo año 1966 aparece el agujero negro por el que se coló el desastre final. En la primavera de 1964, el doctor Martin Orne —el médico de las cintas que la había mantenido con los pies en la tierra durante ocho años— le anunció que se mudaría a Filadelfia para dirigir un laboratorio de investigación en la Universidad de Pensilvania. Para Anne, que veía en Orne a un padre sustituto, esa mudanza fue una traición.
Orne la derivó a otro psiquiatra de Boston: el doctor Frederick J. Duhl. Y aquí la historia deja de ser un relato clínico para convertirse en un escándalo médico documentado. A los pocos meses de empezar las sesiones en el consultorio de Duhl, Anne y su nuevo psiquiatra empezaron a acostarse juntos en el diván durante la hora de terapia, una hora que el marido de Anne seguía pagando con cheque cada mes bajo el concepto de tratamiento médico.
Aquí me topo con un hueco documental que ningún archivo puede llenar del todo. A diferencia de Orne, el doctor Duhl no grabó sus sesiones entre 1964 y 1969, y cuando el caso salió a la luz décadas después, se acogió al silencio profesional. Sabemos lo que pasó gracias a las cartas desesperadas que Anne le escribió a su amiga Lois Ames, a los apuntes de sus cuadernos privados en Texas y al testimonio de su hija Linda. En esos papeles se ve que la relación sexual con el hombre encargado de vigilar su estabilidad mental le destrozó los pocos frenos que le quedaban: aumentó la dosis de Thorazine y de somníferos, empezó a beber desde el desayuno y tuvo varios ingresos de urgencia tras caerse por las escaleras de su casa y romperse la cadera en noviembre de 1966.
En 1969, el doctor Orne se enteró de lo que ocurría en Boston e intervino en privado para forzar la ruptura de la relación terapéutica sin presentar una denuncia formal ante el colegio médico. A Anne la pasaron a una tercera terapeuta, una doctora llamada Constance Chase, quien la trató con una frialdad distante hasta febrero de 1974.
Para entonces, la casa de Black Oak Road era un campo de batalla. En los cuadernos de gastos y en las memorias que su hija Linda Gray Sexton publicó en 1994 bajo el título Searching for Mercy Street, aparecen escenas que cuesta leer sin apartar la vista: las peleas a golpes entre Anne y su marido Kayo después de las fiestas en la piscina; las docenas de amantes fugaces —poetas jóvenes, profesores, el barbero de su barrio—; y los episodios de principios de los años setenta en los que Anne, borracha y aturdida por las pastillas, se metía en la cama de su hija adolescente Linda para abrazarla y besarla de un modo que traspasaba cualquier límite materno.
En febrero de 1973, incapaz de soportar un día más de convivencia, Anne le pidió el divorcio a Kayo tras veinticinco años de matrimonio. Kayo se mudó a un apartamento; la hija menor, Joyce, estaba en un internado; y la mayor, Linda, se fue a vivir a una residencia estudiantil de la Universidad de Harvard, a veinte kilómetros de distancia. Por primera vez en su vida, Anne Sexton se quedó completamente sola en una casa vacía con piscina en el bosque de Weston.
El último almuerzo y la maleta de cintas
Durante los primeros nueve meses de 1974, Anne escribió a toda máquina los poemas de The Awful Rowing Toward God (El terrible remar hacia Dios). Ya no corregía diez veces cada verso como hacía en tiempos de Orne; bebía bourbon y vodka mientras golpeaba las teclas de la máquina y metía los folios en sobres sin apenas mirarlos. En marzo de ese año intentó suicidarse de nuevo con pastillas, pero los vecinos y los médicos llegaron a tiempo.
El viernes 4 de octubre de 1974 condujo su Mercury Cougar hasta el restaurante Casa Romero, en el callejón Gloucester, en Boston, donde había quedado a la una del mediodía con Maxine Kumin. Llevaba en una carpeta las galeradas de imprenta de El terrible remar hacia Dios, que saldría a la venta en marzo de 1975.
Maxine Kumin contó años después a los biógrafos qué ocurrió en aquella mesa durante dos horas. Pidieron brochetas de cordero, bebieron dos martinis cada una y revisaron, coma por coma, las pruebas del libro. En la página final, al revisar el último poema, titulado «The Rowing Endeth» («Termina el remar»), en el que Anne imaginaba que jugaba una partida de póker con Dios en un muelle y le ganaba con una escalera real de cinco cartas, Anne tachó una palabra con su bolígrafo, miró a Maxine a los ojos y le dijo que ya estaba listo. No lloró, no dejó caer ninguna indirecta sobre la muerte y se despidió en la acera con un abrazo a las tres de la tarde. Una hora después, estaba encerrada en el garaje de Weston, con el abrigo de visón de su madre puesto sobre los hombros y el motor en marcha.
Su muerte desató dos controversias que aún hoy dividen a los lectores y a los médicos.
La primera estalló en agosto de 1991, diecisiete años después del funeral, en la portada del diario The New York Times. La profesora de la Universidad de Stanford, Diane Wood Middlebrook, estaba a punto de publicar la biografía autorizada de Anne Sexton, y el periódico reveló en primera plana que el doctor Martin Orne le había entregado a la biógrafa las trescientas cintas magnetofónicas privadas de las sesiones de terapia de los años sesenta, con el permiso firmado por su hija y albacea literaria, Linda Gray Sexton.
La Asociación Estadounidense de Psiquiatría puso el grito en el cielo. Decenas de médicos publicaron cartas acusando a Orne de haber violado el secreto médico más sagrado: argumentaban que ningún paciente volvería a confiarle sus miserias a un psiquiatra si pensaba que, treinta años después, sus cintas quedarían impresas en un libro de seiscientas páginas. Orne y Linda Sexton se defendieron con un argumento que cualquiera que haya leído a Anne entiende al instante: toda la obra de Sexton consistió en contar sus secretos a gritos ante miles de desconocidos, y ella misma había dejado su copia de las cintas ordenada en las estanterías junto a sus manuscritos para quien viniera detrás.
La segunda discusión tiene que ver con el precio que pagó por sus libros y con lo que dejó a cambio. Durante los años cincuenta, antes de que Anne Sexton y Sylvia Plath publicaran sus primeros versos, había temas que estaban prohibidos en la poesía escrita en inglés: una mujer podía escribir sobre el amor, la primavera o la tristeza, pero no podía escribir un poema titulado «En celebración de mi útero», ni «El aborto», ni «La balada de la masturbadora solitaria», como hizo Sexton en sus libros de los años sesenta. Cuando la poeta de treinta años se subía a los escenarios universitarios con su vestido rojo a leer aquellos textos sin bajar la voz, le voló los cerrojos a toda la generación de escritoras y músicas que vino detrás, desde Sharon Olds hasta Patti Smith.
Durante mucho tiempo se repitió en los suplementos culturales el tópico de que la poesía confesional mató a Anne Sexton porque la obligaba a escarbar todos los días en su propia herida para tener material que vender. Cuando uno revisa el calendario real de su vida —su primer intento de suicidio en 1956, antes de haber escrito un solo verso serio, y su muerte en 1974—, la cuenta sale al revés. En una entrevista que concedió en 1968 a la revista The Paris Review, cuando la periodista Barbara Kevles le preguntó qué relación había entre su locura y su máquina de escribir, Anne dio una calada al cigarrillo y explicó que la escritura le dio un propósito para seguir viviendo tras su colapso de 1956. El doctor Martin Orne no le dio una trampa mortal cuando le pidió que comprara un cuaderno en la navidad de 1956; le dio dieciocho años de prórroga, ocho libros y un Premio Pulitzer a una mujer a la que todo el mundo había desahuciado antes de cumplir los treinta.
